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sábado, 30 de julio de 2011

Poesía en armas. Romance de la Falange sobre el hielo

Se acerca el verano, y por tanto, nuestra despedida hasta el fin de las vacaciones. ¡Y que mejor manera de hacerlo que con poesía!.

Tomando (sin permiso, pero es que donde hay confianza da asco) de los foros de la División Azul Memoria Blau (¡Visita obligatoria! ¡Pinchad en el enlace!), traemos un par de poesías de Agatángelo Soler, divisionario y padre de nuestro querido amigo Luis.

Disfrutadlas.

ESE DESPERTAR DE IMPERIO

(Romance de la Falange
sobre el hielo)

“No parar hasta el descanso”
A mi madre.

Soldado español, silueta
que se recorta en el hielo,
pedazo de carne viva
de un Despertar de Imperio…

En duras jornadas, tristes,
de nostálgicos recuerdos,
tienes apetencias vanas
que pueden calmar deseos.

No tienes cartas de casa,
de tu novia o de los viejos,
y sufres con amargura
tu sufrimiento y el de ellos.
Con la sonrisa en los labios
y, aún, esperanza en el pecho
porque sufres por la gloria
de ese Despertar de Imperio.

En caminata inhumana
de interminable ajetreo
un día tras otro día
vas camino recorriendo,
con el sudor en la frente,
con la fatiga en el cuerpo,
con los pies ensangrentados,
rotos, hinchados, desechos,
porque el estertor agónico
de tu pecho sin aliento
traza épicas de historia
para un Despertar de Imperio.

En largas horas de escucha,
recostándose en el suelo
formado de blancas nieves,
a cuarenta bajo cero,
con el fusil en las manos,
tu corazón en tu pecho
tiene latidos de gloria,
tiene Despertar de Imperio.

En las horas de combate
entre la nieve y el fuego,
tu rancia solera hispana
sabe luchar con denuedo,
y siempre vencedor sales
en desiguales encuentros,
y sabes morir cantando
porque te espera un Lucero,
porque sientes en tu alma
todo un Despertar de Imperio.
Todo lo dejaste, todo,
para venir a este infierno.

Todo el calor del hogar
para dormir sobre el hielo.
Dejaste a la blanca novia
de ojos de color de cielo.
A tus padres que, orgullosos,
te siguen en sus desvelos.

Trocaste tu vida cómoda
por la de servicio. Celo
que de incomprensiones burdas
de ambiciones y logreros
no sufre mella ninguna,
porque, contra lo rastrero,
estás tú, inasequible
para el menor desaliento,
porque este es tu sacrificio
por un Despertar de Imperio.

Soldado español, silueta
que se recorta en el hielo,
pedazo de carne viva
en un Despertar de Imperio.

En la hora de caer
malherido, o ya muerto,
en tu tumba siberiana
tienes tu meta de anhelos,
tienes el botín de guerra
para tu cadáver yerto.

Porque es así la Falange,
porque siempre así va siendo,
porque tu paga mejor
es sólo el descanso eterno.

Por volver a José Antonio,
por ir a Matías Montero.
por irte con Ruiz de Alda,
con Salazar, con Onésimo…
Eso buscaste y tan sólo
te conformas hoy con esto,
porque sientes que te mata
ese Despertar de Impero.


ENVIO

Dulces novias españolas
de ojos de color de cielo,
de fino cabello rubio,
de trenzas de pelo negro.
Padres que os llenáis de canas
por el hijo que está lejos.
¡Ay viejas madres llorosas
llenas de crespones negros!
Madres del alma española
con reciedumbre de templos.
mujeres que allá, en la Patria,
sufrís, de angustia, desvelos.
Va a vosotros mi plegaria
para infundiros alientos,
para daros alegría
en la hora del desconsuelo.
Si caemos en la lucha,
si dormimos sobre el hielo,
si sufrimos desventuras,
somos heridos o enfermos,
o si, porque Dios lo quiere
nunca a España más volvemos,
¡no lloréis, madres de España!
mezclad los crespones negros
con el rojo de la sangre
de los hijos que cayeron
y como pregón de Gloria,
lanzadlo a los cuatro vientos,
gritadle a la Patria toda,
habladle así al mundo entero,
dad vergüenza a esa canalla
de ambiciosos y logreros,
que, Madres de falangistas
que estén vivos o hayan muerto,
con el dolor angustioso
que laceró vuestro cuerpo,
disteis a España Titanes,
disteis a luz un Lucero,
disteis cuerpos a la tierra,
y disteis almas al Cielo,
y sois Maters Dolorosas
que no lloran sin consuelo
porque el consuelo mayor
es Despertar de un Imperio
.

Agatángelo Soler LLorca. Frente ruso, 21 de noviembre de 1941.
Nota: cuando me alisté en la División Azul temí decírselo a mi madre, enferma e impedida. Le dije: Mamá, no quisiera darte un disgusto pero me voy a combatir a Rusia. Mi madre me contestó: Hijo, el disgusto me lo darías si no fueras.

Luego en el frente asiático hice este romance dedicado a ella.

Fue publicado en alemán, rumano, croata y en otros idiomas de los combatientes contra el comunismo.


Ref.: Boletín Blau División.


http://memoriablau.foros.ws/t4614/poesia-en-la-dev/

jueves, 26 de mayo de 2011

Textos de ayer para hoy. "Peregrinaje de la Falange" de José Antonio Primo de Rivera

Tras las elecciones, cabe recordar un texto que nos ilumina y nos deja ver que las cosas, no han cambiado tanto.

Peregrinaje de la Falange

"Falange no tiene millones para editar periódicos y carteles. Falange no tiene automóviles para llevar de un lado a otro a sus propagandistas. Pero Falange necesita propagarse tal y como es: joven, pobre y alegre. Dejemos los millones y los autos para los potentados populistas o marxistas y nosotros hagamos con humildad nuestro camino hacia los humildes. Los apóstoles y peregrinos de la Fe caminaban jornadas enteras para cumplir su misión. Andando, andando, llegaron San Pablo a Roma y Santiago a Compostela.

Iréis a pie, camaradas. La intemperie y el asfalto de las carreteras convienen a nuestro estilo militar y ascético. Llegar a Villalba o a Navalcarnero, a Aranjuez o a Illescas, no es nada extraordinario. Comeréis en las posadas aldeanas, el pan moreno y los fuertes guisotes campesinos. Hablaréis con arrieros y labradores de nuestro modo de ser falangistas, y les explicaréis cómo dejáis la ciudad para ir a ellos, no a pedirles nada, sino a ofrecerles lo más generoso que se puede ofrecer a un hombre: la alegría del amor a la Patria. Explicadles bien nuestro afán de unidad de las tierras y los hombres de todas clases. Explicadles bien que ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo. Explicadles nuestra Historia y reanimadies el ansia de Imperio. Estaréis diez días de peregrinación por esos campos de Dios. Cada uno llevaréis diez duros para vivir. Es poco. Pero pensad que hay muchos españoles que ni esas cinco pesetas diarias ganan para mantener un hogar con mujer e hijos. Casi no importa que quienes vivís cómodamente en vuestras casas aprendáis la angustia del hambre. Si todos los españoles supieran lo que es quedarse sin comer un día, quizá pudiera lograrse que comiesen todos a diario. Un duro no es mucho en sí, pero pensad que quienes lo lleváis sois falangistas. Si es necesario compartirlo con alguien más pobre que vosotros, no dudéis en hacerlo. Y si es posible –lo es, porque vosotros sois jóvenes y alegres, y la juventud y la alegría siempre son acogidas con cariño y calor en todas partes–, ese duro os debe sobrar y debéis devolverlo al regreso. Os deben oír y convidar. En estos días navideños hay buenas comidas familiares en las casas. Seguro estoy de que muchos sabréis ser invitados de honor en esos hogares. Tenéis diez duros cada uno para diez días, camaradas. El que al final de la jornada los devuelva a la Falange, será el mejor camarada..., a no ser que alguno caiga en el acto de servicio que se os encomienda, pues siempre son los mejores los que de entre nosotros elige Dios para su Guardia."

Palabras de José Antonio a los jóvenes falangistas, 23 de diciembre de 1934

miércoles, 6 de abril de 2011

Textos de ayer para hoy: "Fragmentos de una primavera", de Luis García Berlanga


Nunca hemos tenido el ánimo de ser políticamente correctos. Por eso traemos aquí un artículo aparecido en la Hoja de Campaña (el boletín que recibían los divisionarios en el frente ruso). En concreto el titulado Fragmentos de una primavera, aparecido en su número el 21 de marzo de 1943, en su página 8.

Su autor... Luis García Berlanga Martí (un guripa que aparece en la foto situada al lado de estas líneas y que seguro ustedes recuerdan más por otras actividades)

Un texto excelente, todo hay que decirlo. Disfrútenlo.


FRAGMENTOS DE UNA PRIMAVERA

Por Luis García Berlanga Martí.

Este articulo ha sido galardonado con el premio «Luis Fuster» creado por el S.E.U. de Valencia.

Los cinco llevamos en el fondo de la cartera, junto a las católicas estampas, madre y novia a la devoción a la Virgen, una rosa de los Alpes. Nos las dieron muchachas alemanas, también estudiantes, una tarde en que el dulce y húmedo paisaje de Baviera invitaba a enlazar los brazos. Ilse se llamaba la que conmigo paseó por los bosques inundando de melancolía el ensueño intraducible de nuestras miradas. Me acuerdo de sus manos tibias, de sus risas en la vieja cervecería ante mis esfuerzos lingüísticos y de sus ojos vidriosos en la despedida.

De aquellas tardes, hoy apenas me queda un recuerdo suave, congregado al tacto de esta blanca rosa de la nieve sumergida en mi cartera. Ahora ya no son los verdísimos bosques con ciervos y pájaros asomando su tímida fuga, sino este monótono e implacable paisaje ruso. Llueve, llueve suavemente, como parece agradar a los espíritus apacibles. Los pies se hunden a cada paso en el barro, pegajoso y frío, mientras el agua resbala por nuestros capotes. Hay en todas las caras y en todas las cosas una extraña sensación de víspera. Todos sabemos que el frente está cerca, y hoy, no sé por qué, lo presentimos ya junto a nosotros. Las manos se estremecen de gozo al apretar el fusil, que pronto lanzará su grito de metal al enemigo.

Alguien ha dado la voz de alto. Se detiene poco a poco la columna y al borde del camino van surgiendo hogueras alrededor de las cuales se improvisan animados grupos. Uno de ellos, los formamos nosotros —«Los bohemios» nos bautizaron en el campamento-, camisa azul con cisne blanco bajo el verde uniforme alemán. Junto al fuego quizá un poco simbólico en esta fecha, 12 de octubre, hemos encendido las pipas, y Carlos como de costumbre, ha iniciado una conversación intrascendente, saturada de chistes y alusiones.

Pasa un enlace sobre una moto. Nos conoce; se detiene un poco y grita:
—¡Muchachos nos quedamos aquí! ¡Estamos a tres kilómetros de la primera línea!
Esta misma noche relevamos a los alemanes. Nos saluda brazo en alto y reanuda la marcha.

Al principio nos hemos quedado todos enmudecidos. Daniel es el primero en salir, de un ensimismamiento. Se vuelve hacia nosotros y dice tan sólo estas palabras:
—¡Ya era hora!

Parece como si la noticia hubiese eliminado de nuestro recuerdo la noción de los 1.300 kilómetros recorridos hasta este momento. Han desaparecido de nuestros rostros todas las huellas de sueño, fatiga y penalidades. Nos hemos puesto de pie y como en todas las grandes ocasiones, hemos cantado. Y ha sido una desgracia no conocer ningún himno del S.E.U., porque aquí en este instante y ante este paisaje, sus estrofas entonadas por nosotros hubiesen tenido una emoción y apasionada.
Con una Lili Marlen, rubia y exuberante, sueña este soldado alemán que silba la canción mientras amanece. Los dos estamos en el observatorio, sonriéndonos, ya no podemos hablar, y mirando con indiferencia lo que nos rodea, porque para nosotros el paisaje ha perdido ya el espíritu de tarjeta postal, de panorama en la excursión campestre hacia el que todos dirigimos el Kodak topificado de nuestras miradas. La única verdad que reconocemos es la de la blancura agobiante de la nieve que nos circunda y aplasta.

Ángeles esquimales —los vimos— nos trajeron el invierno. Pasaron ante nosotros inefables y altísimos, y a continuación volando hacia el Sur, inundando con la nieve de sus alas, pueblos y e estepas. Pero sabemos que arcángeles azules, de agua, están preparados para anunciarnos la primavera, su primavera, y esto nos consuela y reconforta.

Aquí, la primavera nos traerá consigo esta eclosión sentimental de pájaros y flores a que estamos acostumbrados en tierras meridionales. Aquí la primavera será —¡y ojalá sea pronto!— agua y nada más que agua, y agradeceremos tanto el primer charco que veamos a la puerta de la chabola, como la simbólica rosa inicial de los jardines.

De aquí esta indiferencia ante el paisaje. Sé que las torres exdoradas que se divisan hacia el Sur, son de Nowgorod —«la bella» la llamaron los rusos— aristocrática y veraniega hace cincuenta arios, deshecha y solitaria hoy, con las puertas y las casas abiertas, esperando no sé qué angustiosa comitiva. También sé que mirando hacia el Norte, me invadirá un burgués presentimiento de Leningrado, y que, enfrente de mí, pueblo de heterogéneos nombres, Sawod, Now-Nicolaiewscaja, Xenofonte... son destrozados poco a poco por la artillería ante nuestra impasible vigilancia; pero todo esto me importa poco. En concreto, solo veo, porque así me lo exige mi conciencia, el espacio que me han mandado observar, en este caso, las heladas riberas del Wolchow, con las barcas empotradas en el hielo, ansiosas de pescadores y de peces resbaladizos por sus cubiertas. Y aunque el crepúsculo debe ser hoy, con estos árboles escarchados, de una gran belleza, m retiro en cuanto te' mino la observación a nuestro refugio subterráneo, donde un par de leños encendidos, me harán más feliz que la poética contemplación de la naturaleza.
Julio ha empapado de sangre está retrasada primavera. Todavía queda nieve para grabar iniciales en su blanca superficie, pero ya han surgido las rosas que han de dulcificar la sepultura. Cerramos los ojos a esta angustia que nos invade, porque ya no está entre nosotros el mejor compañero. Sobre un carro, un carro de ruedas destartaladas y ejes viejos que chirriaban, a contraluz, con la estepa iluminada eternamente, llevamos ayer su cadáver a Motorowo, y en un jardín, la cabeza hacia España, lo enterramos. Eran las doce, esa hora crucial en que todas las ciudades del mundo, luces encendidas proclaman la infinita existencia del amor. Con él se fueron las medallas religiosas, el cisne blanco en la camisa azul y aquella rosa de los Alpes, que una estudiante alemana le regalara. Nos dejó, sin embargo, una antología de la buena muerte y una postura arrogante ante lo irremediable. Caía la tierra sobre su cuerpo y descendía sobre nosotros el afán silencioso en la lucha. Así, sin gritos proseguimos, cada vez más acelerada, la marcha hacia los límites de nuestra conciencia. Se desangran si, los cadáveres de los falangistas, pero esa sangre entra en las venas de los que quedamos para rejuvenecer nuestro ímpetu.

Tengo su diario entre mis manos. Es de tapas azules, y sus páginas están llenas de una letra apretada y ágil. Todas sus confidencias están trasplantadas —y aquí con más pureza— a la blanca amistad del papel. Por todas partes alusiones a su eterna entrega a la Falange. Se dictaba a sí mismo la violencia y la fe en la revolucionaria tarea. Leo...

« ¡Que día más terrible aquel en que ninguna mano extendida nos señale el mejor camino hacia la muerte. Si en la constelación falangista no se esperasen refuerzos, ¿Cómo íbamos a justificar nuestra presencia en este campamento terrestre?»

«Se nos quiere llevar a la malicia ofreciéndonos como cebo y consuelo el fácil recuerdo de lo pasado. Y no; no se hacen las revoluciones fundando un museo de añoranzas sino buscando con el punto de mira al enemigo.»

«Las consignas no deben perderse entre las páginas tibias de revistas que, nadie lee. Las consignas deben clavarse a gritos en paredes enemigas.»

Al terminar de leer me fijo en la última página, donde; a lápiz, pero con gruesos caracteres, había escrito:

¡ARRIBA ESPAÑA!»


A todo ésto, nosotros solo podemos gritar: ¡ARRIBA SIEMPRE!

martes, 26 de enero de 2010

Rescatado del anaquel: "Excombatientes", de Francisco Franco, José Antonio Girón de Velasco y Raimundo Fernández Cuesta

Seguro que muchos de vosotros conocéis esos cuadernillos de Publicaciones españolas que, grapados y con el título genérico de "Temas Españoles", ora hablaban de algún guisote típico, ora de algún paraje turístico.

En ella abundaban los temas históricos y, también, de actualidad (de la época, claro). De uno de ellos, Excombatientes, hablamos hoy, de un pequeñito cuaderno con tres discursos, uno de Francisco Franco, otro de José Antonio Girón de Velasco (en calidad de ministro de trabajo y delegado nacional de ex combatientes) y otro de Raimundo Fernández Cuesta, como secretario general de la Falange. De esos tres textos me permito destacar el de Girón, un texto escrito en la paz y para la paz pero sin olvidar la guerra y su alto coste. Un texto cargado de reconciliación y de poesía que promete, de épica guerrera y de ánimo de reconciliación. Y no me privo de reproducir aquí un fragmento del mismo, para muestra, vale un botón.

Vosotros, hijos de la llanura ondulada en que cada pueblo plantado entre los trigos es un centinela de Dios, hijos de las sierras madres por donde las estirpes mejores del planeta han cruzado, dejando la huella de las mejores culturas... Vosotros, camaradas, vieja familia unida bajo las sangres bravas y nobles de los hombres más valientes y las mujeres más santas. Vosotros sois los guardianes fieles de la doctrina y de la fe de España, por la que fuimos a la guerra. Vosotros sois los sacerdotes de su verdad, igual que nuestros camaradas caídos fueron sus mártires. A vosotros nadie os puede engañar ni vosotros aguantaríais el engaño.
Velad, camaradas. Velad a la sombra de los castillos y de las iglesias hasta el alba de España. Anunciadla con vuestra voz robusta de soldados. Nuestra actitud es siempre una actitud de centinela frente al amanecer. Anunciad la España nueva hasta vuestra muerte, hasta vuestra ancianidad si es preciso. Dios os dará tal vez la gloria de verla llegar un día, precedida del cortejo de los héroes y de los santos, por los caminos del César y de Isabel de Castilla y por los caminos de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz. Porque la misma grandeza tiene en nuestra historia de ayer y en la de hoy y en la de mañana el carro de oro del César, atravesando el Puerto del Pico al mando de sus legiones contra Pompeyo, que la carreta de la Santa de Ávila yendo a fundar un convento con cuatro monjitas iletradas.

domingo, 10 de enero de 2010

Rescatado del anaguel: "Consideración de Cataluña", de Julián Marias

Este pequeño librito, publicado en 1966 y ampliado en 1974 cobra hoy una actualidad de aupa. Resultaría imprescindible que alguien enviara Consideración de Cataluña al Tribunal Constitucional.

Y es que estas reflexiones, loadas y agradecidas por Josep Tarradellas en el exilio y luego como presidente de la Generalitat de Catalunya son cortas, apenas 184 páginas, pero contienen mucho. Contienen las relaciones de Cataluña no con, sino dentro de España.

Especialmente destacables las páginas 40 y siguientes donde se hace consideración al bilingüismo, sin dejar pasar la el hecho de que el idioma que hablamos, el Español, sea llamado castellano tiene un origen muy determinado; la página 53 y siguientes, donde se desmontan los mitos de la "opresión sufrida" y las 112 y siguientes con la discusión, eje hoy en día, sobre la supuesta "nación catalana". Y es que como dice Julián Marías,

Si se interpreta Castilla o Cataluña como naciones, la consecuencia irremediable es el descontento y si apuran las cosas, la infelicidad. Si la ballena es interpretada como ave, no hay que negar que es un ave lamentable.

Ni Castilla, ni Aragón, ni Cataluña -en la medida en que se distingue de Aragón- ni Portugal eran naciones en la Edad Media, porque en la Edad Media no había naciones. Y todos esos estados sentían su pertenencia a una realidad que tampoco era nacional, pero que era efectiva, y se llamaba España

No podemos añadir nada más. Tan solo repetir nuestro clásico

Cataluña sin España, no es Cataluña. Espanya sense Catalunya no es Espanya.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Textos de ayer para hoy: Carta de Franco a Lyndon B. Johnson.


Hay veces en que la historia parece repetirse. En Afganistán, ese no-país, los EE.UU. y sus aliados están perdidos como en un avispero. Los ejércitos se vuelven una máquina de picar carne mientras lo que llaman terrorismo, desde dentro del país que sufre el conflicto, se llaman patriotas. EE.UU. puede caer en ese fallo una y otra vez, pero España, que tan conocedora debería ser de la guerra de guerrillas (¿fue acaso "El Empecinado" un terrorista?) no debería.

Por sus paralelismos, traemos aquí la carta que el jefe del Estado Español, Francisco Franco, mandó al presidente de los EE.UU., Lyndon B. Johnson, el 18 de agosto de 1965.

Mi querido Presidente Johnson

Mucho le agradezco el sincero enjuiciamiento que me envía de la situación en el Vietnam del Sur y los esfuerzos políticos y diplomáticos que, paralelamente a los militares, los Estados Unidos vienen desarrollando para abrir paso a un arreglo pacífico. Comprendo vuestras responsabilidades como nación rectora en esta hora del mundo y comparto vuestro interés y preocupación de los que los españoles nos sentimos solidarios en todos los momentos. Comprendo que un abandono militar de Vietnam por parte de los Estados Unidos afectaría a todo el sistema de seguridad del mundo libre.

Mi experiencia militar y política me permite apreciar las grandes dificultades de la empresa en que os veis empeñados: la guerra de guerrillas en la selva ofrece ventajas a los elementos indígenas subversivos que con muy pocos efectivos pueden mantener en jaque a contingentes de tropas muy superiores; las más potentes armas pierden su eficacia ante la atomización de los objetivos; no existen puntos vitales que destruir para que la guerra termine; las comunicaciones se poseen en precario y su custodia exige cuantiosas fuerzas. Con las armas convencionales se hace muy difícil acabar con la subversión. La guerra en la jungla constituye una aventura sin límites.

Por otra parte, aunque reconociendo la insoslayable cuestión de prestigio que el empeño pueda presentar para vuestro país, no se puede prescindir de pesar las consecuencias inmediatas del conflicto. Cuanto más se prolongue la guerra, más empuja al Vietnam a ser fácil presa del imperialismo chino, y aun suponiendo que pueda llegar a quebrantarse la fortaleza del Vietcong. Subsistirá mucho tiempo la acción larvada de las guerrillas que impondrá la ocupación prolongada del país en que siempre seréis extranjeros. Los resultados como veis, no parecen estar en relación con los sacrificios.

La subversión en el Vietnam, aunque a primera vista se presente como un problema militar, constituye, a mi juicio, un hondo problema político; está incluido en el destino de los pueblos nuevos. No es fácil al Occidente comprender la entraña y la raíz de sus cuestiones. Su lucha por la independencia ha estimulado sus sentimientos nacionalistas; la falta de intereses que conservar y su estado de pobreza les empuja hacia el social-comunismo que les ofrece mayores posibilidades y esperanzas que el sistema liberal patrocinado por Occidente que les recuerda la gran humillación del colonialismo. Los países se inclinan en general al comunismo porque, aparte de su poder de captación es el único camino eficaz que se les deja. El juego de las ayudas comunistas rusa y china viene siendo para ellos una cuestión de oportunidad y de provecho.

Es preciso no perder de vista estos hechos. Las cosas son como son y no como nosotros quisiéramos que fueran. Se necesita trabajar con las realidades del mundo nuevo y no con quimeras. ¿No es Rusia una realidad con la que ha habido que contar? ¿No estaremos en esta hora sacrificando el futuro a aparentes imperativos del presente? A mi juicio hay que ayudar a estos pueblos a encontrar su camino político, lo mismo que nosotros hemos encontrado el nuestro.

Ante estos hechos nuevos no es posible sostener la rigidez de las viejas posiciones. Una cosa es lo que puedan acordar las grandes naciones en Ginebra y otra el que tales decisiones agradan a los pueblos y se conformen con ellas. Es difícil de defender en el futuro y ante los ojos del mundo esa división artificial de los países que sí fue conveniente de momento dejará siempre abierta una aspiración a la unidad.

Comprendo que el problema es muy complejo y que está presidido por el interés americano de defender a las naciones del Sudeste asiático de la amenaza comunista; pero siendo ésta de carácter eminentemente político, no es sólo por la fuerza de las armas cómo esta amenaza puede desaparecer.

Al observar, como hacemos, los sucesos desde esta área europea, cabe que nos equivoquemos. Guardamos, sin embargo, la esperanza de que todo pueda solucionarse ya que en el fondo los principales actores aspiran a lo mismo; los Estados Unidos a que el comunismo chino no invada los territorios del sudeste asiático; los estados del sudeste asiático a mantener a China lo más alejada de sus fronteras; Rusia, a su vez, a que su futura rival, China, no se extienda y crezca; Ho Chi Minh, por su parte, a unir el Vietnam en un Estado fuerte y a que China no lo absorba.

No conozco a Ho Chi Minh, pero por su historia y sus empeños por expulsar a los japoneses, primero, a los chinos después y a los franceses más tarde, hemos de conferirle un crédito de patriota, al que no puede dejar indiferente el aniquilamiento de su país. Y dejando a un lado su reconocido carácter de duro adversario, podría, sin duda ser el hombre de esta hora, el que Vietnam necesita.

En este interés superior de salvar al pueblo vietnamita y a los pueblos del sudeste asiático, creo que vale la pena de que todos sacrifiquemos algo.

He deseado, mi querido Presidente, haceros estas reflexiones confidenciales en el lenguaje directo de la amistad. Aunque sé que muchas están en vuestro ánimo, le expongo lealmente mi juicio con el propósito de ayudar al mejor servicio de la paz y del futuro de los pueblos asiáticos.

Suyo buen amigo

Francisco Franco.

Jefe del Estado Español

lunes, 5 de mayo de 2008

Especial 2 de Mayo. "De Pedro a Pedro", de Rafael García Serrano.


Durante esta semana dedicaremos especial atención al bicentenario del Alzamiento Nacional del 2 de Mayo. Libros, documentos sonoros o textos nos acompañarán monográficamente para celebrar no el nacimiento de España, que es algo mucho más antiguo, sino el mejor ejemplo de como el pueblo, por podridas que estén las estructuras (monarquía, ejército, clases dirigentes) se basta y sobra para defender las verdades eternas.

Y para empezar, nada mejor que un texto de un maestro.

Les dejamos con Rafael García Serrano, y este breve incluido en su El pino volador.

De Pedro a Pedro
Rafael García Serrano


(La casualidad me ha favorecido por esta vez. No hay mala intención en mi relato; pero no puedo impedir que la haya en la casualidad; esto es superior a mis fuerzas. Cualquiera alcanza a explicarse bien hasta qué punto es tentador enlazar dos acontecimientos que apenas tienen nada común entre sí: un idioma, unos muertos, una política... Poca cosa para un escritor perfectamente puro.
Escribí el relato sobre el 2 de mayo de 1808 basándome en unos viejos papeles, amarillos, mordidos de ratón, que un amigo guarda en su biblioteca. Son las notas de un tal Pedro Sánchez, que vivió de punta a rabo la bella faena y que allá en sus años de vejez se entretuvo en recordar aquel episodio de una manera concreta, desenfadada, hasta rabiosa, pero desordenada y totalmente impublicable. Me he permitido arreglar sus notas para trasladarlas al público.
La segunda parte de mi relativo trabajo se limita a transcribir puntualmente las Memorias últimas de mi camarada Pedro Sánchez, fusilado en noviembre o diciembre de 1936. Ni se sabe la fecha ni se sabe el lugar donde descansa.
Comprendo que nada tiene que ver el Pedro Sánchez de 1808 con el Pedro Sánchez de 1936. Es decir, quizá sean parientes. Tampoco guardan relación unas matanzas con otras. Si acaso, una ligera relación de estilo. En cuanto a Francia, por Dios...
Todo es pura coincidencia, por supuesto.)



PEDRO SÁNCHEZ, 1808

El domingo no perdí el tiempo. Iban y venían rumores; el día estaba calmoso y las tertulias alteradas. Fui de un lado a otro pastoreando los chismes rezagados. Me divertí oyendo disparates y me acosté temprano. Pero el día en que realmente no perdí el tiempo fue el lunes, y eso que yo, no sé por qué, probablemente por mi vocación decidida a no hacer nada, había determinado dedicar la hermosa mañana de mayo a dar un paseo, recreándome en el aire fino y pensando en mis cosas.
Siempre me ha molestado la multitud y en la plaza de la Armería abundaba esa molestia. Por casualidad iban a acertar mis contertulios. La tarde anterior me habían dicho que la policía del Gran Duque de Berg señalaba una extraña afluencia de aldeanos hacia la Corte; como los rumores eran para todos los gustos, no hice ni pizca de caso. Y ahora la confidencia resultaba una espléndida realidad, porque en la Armería sobre todo, y en la calle Nueva, se esparcía la sorda ira de las gentes que especulaban sobre la marcha de los Infantes en corrillos silenciosos, en corrillos aislados, en franca gritería, en palideces temblorosas de esas que preceden casi siempre a la violencia. Y esas gentes excitadas que estropeaban mi paseo tranquilo eran chulos y chisperos, majas y damas.
(En un balcón estaba doña Martita, a quien saludé galante. Doña Martita era una linda flor y yo la sobrevolaba como un abejorro.)
Había currutacos, y no era yo el menos emperifollado de todos. Juntos, nobles y campesinos, el grave empaque y el gesto sobrio, aunque abundaba la retórica digital y desdeñosa cada vez que alguien se refería a los franceses. Nobles, campesinos, artesanos, funcionarios, sacerdotes: juntos unos y otros. Volví la vista hacia el balcón de doña Martita y la vi mirando fijamente hacia la puerta de Palacio, grandes los ojos, desencajados; sus lindas manos queriendo parecerse a garras, de tal modo apretaban el hierro de la barandilla. (Dios mío, qué ojos y qué manos los ojos y las manos de doña Martita.) Entonces, con su grito, se alzó un alarido fantástico, increíble. Parece ser que en aquel momento un grupo de rompe y rasga se lanzó a cortar las correas del coche de los Infantes, casi a la vez que el señor Legrange, ayudante de campo de Murat, trataba de llegar a Palacio para saludar a la reina de Etruria. Legrange era un jefe de escuadrón a quien me presentó el capitán don Pedro Velarde, muy traído y llevado por los franceses, que querían a toda costa ganarse sus simpatías.
Al paso de Legrange hirvió la pita; pero él ya estaba acostumbrado a oírlas desde el día en que hizo su entrada en Madrid el rey Fernando, a quien Dios nos guardó más de la cuenta seguramente porque nos lo merecíamos. De no sé dónde salió una pequeña patrulla francesa que arregló la cuestión. Al retirarse llevaban en la mochila destinada al bastón de mariscal un muestrario de insolencias. Verdaderamente, nuestro pueblo es rico en modos despectivos. Los franceses habían sabido de la hospitalidad y el abrazo. En aquel instante supieron del corte de mangas y de las redondas palabras injuriosas. Pronto iban a saber otra cosa. Pero juro que yo no me suponía -ni de lejos- lo que se avecinaba. La sangre, por una vez, llegaba al río.
Mi primer desfallecimiento lo tuve al comprobar que doña Martita se había retirado del balcón. Segundos después me notaba melancólico, triste, como si la mañana de mayo, imprevistamente, se hubiese aguachinado. (Era yo muy sensible a la presencia de doña Martita, ay...) Vocearon cerca de mí anunciando la artillería casi como quien grita: «¡Agua va!» Pero la artillería me importaba poco, entregado al recuerdo de unos ojos claros, de la tez pálida, de la iracunda manita.
-Largo, largo, que vienen...
Al tiempo me empujaron contra un portal. Vi correr hacia la calle Nueva y corrí en esa dirección, sin que pueda decir, a tanta distancia del hecho, si me impulsó la curiosidad, el valor o la multitud. Sentí el mugido poderoso de los cañones, el estruendo de los caballos, la voz apasionada, herida, terrible, del pueblo. Los franceses habían acometido alegremente el ametrallamiento de los madrileños. El bello Murat se metía en juerga.
-Armas, armas, armas...
Se esparcía el grito, se multiplicaba, subía hasta el mismo cielo, y mientras unos cargaban contra los cañones a cuerpo limpio, con el valor ciego de los desesperados, una floración de navajas, hoces, pistolas, trabucos, garrotes, barras de hierro, hachas, cuchillos de cocina, fusiles milagrosos, almireces, badilas, morillos, atizadores, cachorrillos, aparecían en las manos del gentío. Los tacos y retacos furibundos, las erres coléricas de los juramentos, el clamor espantoso que sonaba tan cerca, todo inundaba la calle y anegaba el alma en una especie de fría resolución que, por contraste, se mostraba cálida en el ademán y en la palabra. Camino de la Puerta del Sol, como una misteriosa guerrilla, nos precedía la gran llama de la sublevación, la cólera del alzamiento; todos estaban enterados de lo ocurrido y todos esgrimían en las manos el argumento que habrían de utilizar contra los franceses.
Por una bocacalle desembocaron frenéticos tres de a caballo, algo alterado el lujo de los uniformes, en alto los pesados sables, con el relumbrón de sus pulidas corazas por delante. Cargaron de frente, alucinados por la aparente debilidad de nuestro grupo. Oí bien clara la sorna heroica de las navajas abriéndose con la pausa forzada del punteo. Confieso que aquello me sonaba a pura chunga, a burla descarada, a mofa y escarnio del mundo entero. He aquí que los que se habían paseado por toda Europa, los que conocieron el triunfo bajo el sol de las Pirámides, los que se batieron en Marengo y Lodi, los centauros espléndidos de Jena, tenían que poner todo su empeño, toda su gloria militar, frente a media docena de navajas cabriteras ceñidas con guapeza; frente a media docena de navajillas que se reían del lucero del alba, de las águilas imperiales, del rayo del siglo y del padre del rayo del siglo. Todo les daba igual. A los de a caballo les habían contemplado cuarenta siglos asomados al valle del Nilo, las tierras verdes de Italia, los bosques austríacos, el pasmo mortal de los regimientos rusos ahogados en los pantanos de Austerlitz, las llanuras polacas. Y ahora les contemplaban seis menudas puntas de navaja. Los de a caballo habían escuchado la voz jupiterina de Napoleón. Los de las navajas nada más que el murmullo de la hoja y la voz de las cachas, que decían: «Si esta víbora te pica no hay remedio en la botica» y «Viva mi dueño». Las seis menudas puntas de navaja ni por pienso pensaban en retroceder ante los victoriosos jinetes de Eylau. Ninguno de los seis hombres -bueno, cuatro hombres y dos chavales- había leído jamás el 58 Boletín del Gran Ejército: Cette manoeuvre audacieuse s'il en fut jamais... cette charge brillante et inouie. Posiblemente, ninguno de los seis sabía leer, pero los seis tenían el corazón en su sitio, los riñones a punto y el pulso firme, aguantando en la muñeca, nada más que en la recia muñeca, «la audaz maniobra, la carga brillante e inusitada» que los tres coraceros daban en la calle Mayor de Madrid a la mayor gloria de Francia y de su Emperador.
Bajo la tromba de los caballos se abrió con la gracia de un capote el frente de las navajas. Aquello era, sencillamente, quebrar caballos, soportar el espanto de la arremetida y colarse bonitamente bajo sus patas para rasgar las barrigas con limpieza. Uno de los caballos huía enloquecido arrastrando a su jinete colgado del estribo izquierdo. Los dos coraceros restantes lucharon bravamente contra el cielo y la tierra. Desde los balcones y las ventanas caían sobre ellos los más disparatados proyectiles. La pesa de un reloj derribó al valiente que aguantaba la acometida de los mosquitos albaceteños. Joaquín Murat ignoraba que esa pesa de reloj, además de matarle un soldado, daba la hora del rebato, el signo esperado por los que creían invencible a su señor: la hora primera de la derrota imperial.
El último coracero hizo un esfuerzo sobrehumano. Hendió el cerco desesperadamente y se encontró frente a mí. Tras de mí, la calle libre, la posible escapatoria y la falta absoluta de tiempo para cubrirme. Cerré los ojos a lo inevitable y el estampido de un trabucazo me obligó a abrirlos. El coracero se derrumbaba blasfemando. Junto a mi oreja humeaba la tétrica boca que soltó la píldora. Había disparado un joven de rostro agradable que tenía en los ojos un cierto aire entre el asombro y la preocupación. Le tendí mi mano.
-Gracias, amigo. Me llamo Pedro Sánchez.
-Yo, Gabriel Araceli, señor.
-Adelante, adelante -gritaban los de las navajas- ¡aquí ya no hay asunto!
-¡Armas, armas, armas!
Decidimos encaminarnos al Parque de Monteleón. Seguramente que allí dotarían nuestro coraje. Las calles vibraban de ira y de orgullo y comenzaba a sentirse un gran calor. Madrid era una enorme olla hirviente, un barril de pólvora. Llegamos al Parque en un extraño alboroto de disparos. Pero ya Madrid iba apagar caro su desafío. Antes de anochecer necesitaba Murat aplacar su hígado de posadero, necesitaba escribir al amo dándole cuenta de su dureza; a su compadre Bessiéres, diciéndole: «Hemos dado una memorable lección a la canalla de Madrid.» (Después, el Monitor dirá que han muerto dos mil españoles por doscientos cincuenta y cuatro franceses.) Y Madrid esperaba, con la gallarda decisión de jugarse el tipo.
El Parque, mientras nosotros estuvimos entre la Armería y la Puerta del Sol, había soportado un asalto. Saludé a don Pedro Velarde, que ni me conoció, atareado en disponer las piezas. Otro capitán bullía mucho junto a él. Daba instrucciones al paisanaje un teniente de Voluntarios de Madrid, llamado Ruiz. El capitán desconocido era don Luis Daoiz. Las piezas batían la calle de San Pedro, la de San José y la de San Miguel. Defendíamos al primer vicario de Cristo, al padre de Cristo y al jefe de las milicias de Dios. Defendíamos el cielo; luego el cielo nos defendería. Llegaban a reforzar la leve guarnición del Parque los hombres y las mujeres que venían huyendo de las cimitarras segadoras. Los mamelucos comenzaban a trabajar a gusto y el poderío francés estrechaba el cerco. Le tocó el turno a la infantería.
Cargaron los granaderos con el delirante frenesí que sólo Napoleón en persona hubiera podido infundirles. Sentían como una humillación aquella increíble resistencia de un puñado de artilleros, de un grupo de paisanos, de unas cuantas mujeres sublimes. Olía la sangre y la pólvora requemaba las intenciones. Al grito de ¡viva el Emperador!, con la frialdad de quien evoluciona en un campo de maniobra, corrían hacia nosotros los infantes de Francia. Yo recordaba haberlos encontrado en otras partes. En Pavía, por ejemplo. Allí se aprisionó un rey, y ellos, ahora, le ponían cebo al nuestro y lo encerraban en Bayona con argucias de ratero, aprovechando la torpe mentalidad del padre y del hijo. Atizando las discordias de una familia más bien divertida. Creo que no pensaba en esto en el momento de ser herido. Pero lo pienso ahora y entonces lo sentía, que es mejor. Solté el fusil, me estrujé la pierna dolorida y una mujer me arrastró al interior. La batalla se quedaba fuera, en el aire. Todavía saludé a un petimetre, a la última de París, cargándose a los propagadores de su figurín con una puntería endiablada, que Dios se la bendiga.
Yo no vi la entrada de los franceses en el Parque. No oí su estúpida insolencia frente a la serena majestad de Daoiz. No presencié su asalto poco limpio ni vi caer a los defensores. Cuando me enteré de su suerte me encontraba escondido en una casa en las traseras del Parque. A lo lejos tronaban nerviosas y continuas descargas. Me rodeaban unos cuantos hombres de semblante entristecido.
-¿Qué? -pregunté.
-Fusilan en el Prado y en la Moncloa. Fusilan sin cesar. Fusilan mujeres y críos. No se cansan. Mañana sentirán vergüenza, pero hoy matan, hoy asesinan.
-Bien, señores -opinó un viejo de voz madura-; mi hijo está entre los detenidos. Lo matarán, pero España no soporta los abusos ni las humillaciones. España les ha declarado la guerra.
-La guerra -dije, recordando mi mañana en la Armería-, la guerra se la ha declarado doña Martita.
-Delira -dijo el viejo.
Y me pusieron paños fríos en la frente.



PEDRO SÁNCHEZ, 1936

Recuerdo las lecturas de mi infancia. Elijo el gesto de los náufragos cuando encerraban en una botella su mensaje y lo echaban al mar, a la esperanza; mi mensaje no tiene esperanza ni mar. Pero pido a Dios que llegue a manos amigas. Estoy harto de huir. Ni un paso más. Tengo la resignación de la pieza casi cobrada. Tras de mi rastro vienen buenos podencos olfateando mi sangre. Ahora me encontrarán. No tengo salida ni ganas de buscarla; la fatiga me cae sobre los hombros y sobre el corazón como un mundo inmenso que se derrumba. Ayer estuve en la calle. Vi desfilar los siniestros refuerzos que ayudarán a sostener Madrid. Europa vacía sus presidios y los productos de sus burdeles y los concentra en París. París nos los regala. Antes las invasiones francesas traían la alegría del héroe. Ni un Roldan ni un Murat entre toda esta turba repugnante que anega la ciudad. Mi francés de Bachillerato -un francés fabuloso e ingenuo- me ha servido para identificar la nacionalidad de la mayoría de los invasores. Las lecciones que me dio Juan cuando volvió del curso de Grenoble, me han permitido clasificarlos entre los delicados poseedores de las mejores blasfemias. Buena gente. Y esta gente me va a matar. Están registrando casa por casa la manzana entera. Pronto llegarán aquí. No sé si veré otra vez la calle o me tumbarán aquí mismo, en mi refugio. Me importa poco ver el cielo triste de Madrid. Los espero. Adiós, madre.

martes, 15 de abril de 2008

Textos de ayer para hoy. "Manolete y su tiempo", de Rafaél García Serrano


Traemos un artículo olvidado en los anaqueles de las hemerotecas de forma injusta.

Disfruten de él. Para ampliar la imagen, simplemente hagan "click" sobre ella.

Textos de ayer para hoy. "Una carta para Rafael García Serrano", de Carlos Eduardo de Soveral



Nos permitimos tomar de éste blog un documento histórico... que no necesita presentación alguna.

UNA CARTA PARA RAFAEL GARCIA SERRANO


Bayona, 8 de Septiembre de 1986
Señor
Don Rafael Garcia Serrano
MADRID
Mi muy admirado Rafael:
Llevo años leyéndote y admirándote. Y meses para decírtelo. Ahora (hará más de una semana), tras leer tu magnífico "Los bisontes y la técnica", me he decidido por fin a ponerte estos renglones.
Me introduzco y me explico sin ambages - entre camaradas -. Soy el n.º 139 de las Mocedades Portuguesas, en las que he, entre muchas cosas, fundado el Centro Universitario de Lisboa, del que fue el primer Comandante, y de las que me cupo la representación junto de vosotros en la concentración de Flechas, el Octubre del 38 (Sevilla), y en la Escuela de Mandos del S.E.U. en La Magdalena (Santander), el Agosto del 40 (1). En ésta, mi amigo, y seguramente tuyo, José Miguel Guitarte me nombró, a título honorífico, Jefe de Falange de la casi en seguida extinta Milícia Universitaria. Guardo de él, con dedicatória, algunas publicaciones suyas y otrosí un tomo de Discursos frente al Parlamento de José António, Ediciones F.E. - Año de la Victoria. Ahí, en el Albergue de Santander, me hice josé-antoniano para toda la vida, con una Fidelidad que nunca se marchitó, no obstante mi pura vinculación monárquica y tradicionalista. Advierte: pura (en Portugués, decimos lídima - por legítima): ya sabes: «Dios! que buen vasallo si...!» Cidiano, en efecto, o sea entre todos los fuegos, concretamente la romba espada marxista y la fria, glacial pared de la indiferencia burguesa. Como tu y, hoy dia,... pocos más. (...) Y allí, en la Magdalena, ha nacido mi inteligencia-amor de España - mi verdadera patria intelectual -, en la que he sido Lector de Portugués a lo largo de casi nueve años, sucesivamente en las Universidades de Salamanca, Barcelona y Santiago.
Habiendo recebido de Salazar, a mediados del 61 (y ello tras años de una por mi asumida publica y notoria inconformidad con una gobernación sin alas, de veras derecha-floja), la Subsecretaria de Estado de la Educación Nacional, con la misión de afrontar, al parecer, los problemas de la juventud portuguesa en el comienzo de nuestra guerra ultramarina, fundé (refundé) la Facultad de Filosofia y Letras de la Universidad de Oporto, en la que, sobre haber dejado la gobernación, fue profesor de diversas asignaturas (todas en el cruce de la Filosofia, la Historia y la Filologia latu sensu), para irme, el 1968, a Mozambique, a echar los cimientos y ser el primer Director de la Facultad de Filosofia y Letras de Lorenzo Marques, con los dos Institutos, de Psicologia y Estudios Humanísticos, que de ella dependian. (...) Tuve mis tres hijos luchando - uno por cada teatro de guerra - en Angola, Guinea y Mozambique: la razón capital de mi marcha a África, puesto que no entendia mantenerme lejos de la Dificultad cruenta máxime cuando en ella se hallaban mis hijos y los hijos de los demás, y era yo uno de los muy contados que intransigentemente sostenian el imperativo del esfuerzo bélico-castrense y, con mis escritos e intervenciones de todo tipo, más empujaba hacia él. Acrece que asaz tenia el corazón en el continente negro, donde - precisamente en Angola - habia vivido dos intensísimos años (1949-50), por los que he pagado con una fuerte tuberculosis pulmonar que (sin llegar a tus paroxismos) me retuvo en el lecho cerca de otros dos (a eso llamaba yo «una beca, bajo la condición de gozármela acostado...»), leyendo, estudiando, cavilando, y sufriendo la honda nostalgia de cuanto queda allende el mar - ese sentimiento del que ha supremamente padecido toda una familia que va diacrónicamente de Cortés a Liautey, pasando por nuestros Mousinho y Couceiro, encarcelados estos en las mezquindades y atonias metropolitanas que a uno impusieron el suicidio y a otro la incesante persecución del hombre ímpar desde todas las seudoposturas políticas -. La nostalgia-dictamen de la existencia como permanente riesgo e itineración. Dentro y fuera. A lo Platón.
Con la entrega del espacio ultramarino portugués por sus mismas Fuerzas Armadas, expresamente respaldadas por una asquerosa, vilísima mayoria sedicente nacional, decidí (...) no volver jamás a mi país y fuíme a cumplir once años de exilio en Sudáfrica, donde forzoso me fue ejercer labores algo duras y humildes - según Dios Señor permitió -. Transcurridos tales años en Pretoria, elegí España y en ella Galicia y en ésta Bayona para acabar mis dias. Motivos principales: mi moral-visceral imposibilidad de respirar la mayoritaria atmósfera de mi país (2), mi acrisolado amor de España, la enfin proximidad de Oporto, donde tengo a mi hija mayor y cuatro de mis nietos, hijos suyos. No fuera esa proximidad y hubiera escogido, sin ninguna duda, lo que más me proporcionara las dos eses del fjord: Silencio y Soledad. - Estoy en Bayona hace exactamente un año.
Te conozco desde siempre, merced a entrañables amigos comunes. Tambien por ello te tuteo y me confieso cual si contigo hubiera comunicado toda la vida. Lo que sí es verdad puesto que te he leído y sigo leyendo a partir del garcilasiano "Eugenio" - el pulcro, el terso, el apolíneo, el heroico y paradigmático proclamador de la primavera - la proclamación él mismo -, el muerto que yo, al igual que tu, «hubiera querido ser». Claro que, con plena conformidad, me he leído tus últimas obras, entre las que destaco "La gran esperanza" y "V Centenario", que ambas, hojeándolas reiteradamente, recomiendo a diestro y a siniestro. Calando en tu motivación más profunda, te celebro a la vez como uno de los máximos escritores de lengua castellana (¡que lejos quedan de ti casi todos los galardonados de las Letras en nuestro ominoso presente!), y te incluyo en la egregia cohorte de aquellos que han tenido este siglo que soportar-agradecer (dime quién te no ama...) la monstruosa campaña de silencio por la que te codeas con Ernest Von Salomon, Ezra Pound, Papini, La Varende (el mayor escritor galo de siempre), Marc Chadourne, el mismo Carrel, el mismo Gilson, los portugueses Sardinha e Hipólito Raposo, amén de Maeztu, Pradera, Muñoz Seca, Vegas Latapié y multitud de otros que conocemos, olvidados o sepultados vivos en todos cuadrantes nacionales. Hoy por hoy, que poco se habla de Ortega y que, menos todavia, se le lee... Me asombra el indefectible frescor de tu pluma (o tu espiritú), la fluidez, la amenidad y los giros de ella, tus prontitud y poder de sintesis, la hermosura, a la postre, de lo que escribes, sea lo que sea (3). Y tal sin escamoteo de una hispánica crudeza que expresa al hombre de guerra, al emparejador de las Armas y las Letras que eres, y de una sarcástica fibra picaresca, asumida por razones de hierro y diamante (4). Páginas tienes - perfectas - a las que lo mejor de Quevedo no rebasa.
Remataré con decirte que me asombra-entusiasma (Dios en nosotros) tu Fidelidad. (No se me van de la memoria tus tres Hernando Hernandorena - quince, cuarenta y cinco, setenta años - del Tercio de Montejura...) - Caigo en la cuenta, en el momento este, de que me estoy repitiendo a mucho de lo que han producido un Waldo de Mier y un Vizcaíno Casas - dos casos admirables -, que ambos recalcan las grandezas éticas y estéticas que esplenden en tu obra, no omitiendo Vizcaíno Casas la detenida alusión a tu condición cidiana y al telón de olvido y silencio que «echan la izquierda marxista y la derecha necia», en procurado detrimento tuyo. Y hago mias las palabras de tu amigo: «nuestro entrañable Rafael».
Pués aqui me tienes en calidad de lector, admirador, camarada, afín. Guardando contigo algunas profundas similitudes - aquellas por las que a Federico Nietzsche le gustaba decir que se sonrien los dioses -. Un atisbo de eso en lo más periférico: también yo, además de haber visto y recordar a las películas que has visto y recuerdas a lo largo de tus libros (hitos o mojones de una dichosa y despierta juventud en la que lo americano y lo alemán, tan entre si contradictorios, se sumaban a nuestra medula ibérica y nuestro afán de servicio renovador de la Pátria), también yo cuento larguísimo tiempo añorando a Emilio Salgari - mi obligada, insistente lectura de los once a los catorce años - y deseando la presencia de su obra completa (5) (ahora en Italiano) en mis anaqueles, al lado de las de Fenimore Cooper, Conan Doyle (mayormente en lo que éste preferia: sus novelas históricas), Maurice Leblanc, Jack London y otrosí Julio Verne que, tal como a ti, siempre me ha hecho poca gracia - cientificista, soso, resentido y burgués, cuyos íntimos y menos confesables complejos se hallan, cuatro décadas ha, sometidos a la lupa psicoanalítica -. A Verne tan sólo hoy, calmado muy relativamente mi ritmo interior y mi interno-externa necesidad de lucha y peripecia, puedo leer y en cierto grado apreciar. Ya ves que nuestra afinidad electiva, cuál diria el nunca viejo Goethe, asimismo en este punto se confirma. Como no habria de gustarme imensamente tu artículo? (Que por cierto enseña un soberbio vigor conglutinante, señaladamente en aquel trozo donde aunas estupendamente a Proust, Villon y Jorge Manrique, con un procedimiento mental que me hace evocar a Gracián.)
Te pondré dentro de un par de dias, Dios mediante, una nota - la 83 - algo añadida, de mis "Tensiones antropológicas en la cultura europea" - conferencia con la que he contribuido para el ciclo Presencia de Juristas Portugueses en Madrid, organizado por la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación el 1969 -. He sido invitado por Jordana de Pozas y Luís Legaz, a título de filósofo de la cultura y sociólogo del derecho. La nota, como luego verrás, tiene por objecto «los autores» (presuntos, se dice hoy con harto abuso...) «de una literatura para jóvenes».
Con cordialísimo abrazo, siempre arriba, tu
Carlos Eduardo de Soveral
Notas:
1 - A mis 66 años me gusta de veras recordar estas cosas.
2 - En la que no se siente en lo más mínimo la conciencia o una tan siquiera esfumada reminiscencia de que algo de maximamente trágico, negativo, destructor, acaeció a toda la Nación y su historia el 74...
3 – Es leer, pongamos por caso, las extraordinarias primeras páginas de tu tan amplio, fluyente y vivo, al nivel del título, "Cuando los dioses nacían en Extremadura". (Nota esta que añadimos en Junio de 2001.)
4 - Lo que dijo, cual seguramente recordarás, José Miguel Guitarte, con motivo de las muertes de Matias Montero y Alejandro Salazar - asesinado el primero por la espalda, cuando una tarde volvia a su casa, paseado el otro y hecho desaparecer sabe Dios como - .
5 - Sabrás que está ahora mismo saliendo en España uno que otro Sandokan, aunque rehecho y recortado o desfigurado cual pasa sin mudanza con Moby Dick - puede que la más ensayística novela de la literatura universal -. Y eso en colecciones para crios, demasiado crios.


viernes, 14 de marzo de 2008

Textos de ayer para hoy. "Los "punks"", de Alfonso Paso


El texto que presentamos, Los "punks", de Alfonso Paso es un recorte de un periódico, en concreto de ABC, de los años 70.
Pero resulta un texto eterno.

Disfrutenlo.

(Para verlo en grande, basta con hacer "click" con el ratón encima de la imagen).

viernes, 4 de enero de 2008

Hemos leido. "El testamento de Primo de Rivera", de Indalecio Prieto

Más que un libro, este delgado volumen corresponde a una reproducción facsimilar de un artículo publicado en una publicación del PSOE en el exilio, en Toulouse.

Es El testamento de Primo de Rivera uno de esos objetos citados, citadísimos... pero que en realidad son desconocidos para la mayor parte de los que lo citan. Dificilísimo de encontrar, hasta el caso de que se llegó a dudar seriamente de su existencia, ya que carecían del mismo incluso en las fundaciones socialistas y, por supuesto, en bibliotecas públicas, su hallazgo nos llena de gozo y lo convierte en un texto imprescindible para cualquier interesado, historiador o no, en nuestra guerra civil.

El autor poca presentación necesita. Indalecio Prieto, líder histórico del socialismo español, fue quien conservó los papeles que conservaba José Antonio en su celda de Alicante, hasta que se los hizo llegar a su familia.


Ediciones Barbarroja se apunta un éxito incontestable con este texto, y nos hace dar las gracias una vez más a su promotor, Miguel Ángel Vázquez.

martes, 4 de diciembre de 2007

Rescatado del anaquel: "El Fuero Viejo de Castilla"

En momentos de catarsis, una de las mejores maneras de preparar el futuro es mirar hacia atrás. No con nostalgia, no empleando el retrovisor a modo de prospección de futuro, sino como afianzamiento de unos cimientos necesarios para poder construir el edificio con calma y seguridad.

Y en estos momentos en que las estructuras parecen comidas por las termitas, parece que llega la ocasión de hacer una visita a uno de nuestros textos clásicos que forjaron la convivencia en España: El Fuero Viejo de Castilla.

Acudimos a una reimpresión de la edición de 1771, una de las menos contaminadas por visiones posteriores, y nos encontramos una estructura en cinco libros donde se desgrana como el señorío del Rey de Castilla debe impartir justicia, y como ésta no es una veleta que, según la moda, debe orientarse. Vemos como se protege al humilde frente al poderoso, vemos como las herencias son algo cuidado, casi mimado, vemos el especial hincapié en el castigo a los que fuerzan mujeres, a los asesinos, como se protege a los huérfanos y como se rige con justicia los intercambios comerciales.

Y tenemos una profunda envidia.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Textos de ayer para hoy: "España sin pulso", de Francisco Silvela


España sin pulso.

"Varones Ilustres, ¿hasta cuándo seréis de corazón duro? ¿Por qué amáis la vanidad y vais tras la mentira?." (Isaías. Salmo IV )

Quisiéramos oír esas o parecidas palabras brotando de los labios del pueblo; pero no se oye nada: no se percibe agitación en los espíritus, ni movimiento en las gentes.
Los doctores de la política y los facultativos de cabecera estudiarán, sin duda, el mal: discurrirán sobre sus orígenes, su clasificación y sus remedios ; pero el más ajeno a la ciencia que preste alguna atención a asuntos públicos observa este singular estado de España : dondequiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso.
Monárquicos, republicanos, conservadores. liberales, todos los que tengan algún interés en que este cuerpo nacional viva, es fuerza se alarmen y preocupen con tal suceso. Las turbulencias se encauzan; las rebeldías se reprimen: hasta las locuras se reducen a la razón por la pena o por el acertado régimen : pero el corazón que cesa de latir y va dejando frías e insensibles todas las regiones del cuerpo. anuncia la descomposición y la muerte al más lego.

La guerra con los ingratos hijos de Cuba no movió una sola fibra del sentimiento popular. Hablaban con elocuencia los oradores en las cámaras de sacrificar la última peseta y derramar la postrer gota de sangre... de los demás ; obsequiaban los Ayuntamientos a los soldados, que saludaban y marchaban sumisos, trayendo a la memoria el Ave César de los gladiadores romanos : sonaba la Marcha de Cádiz ; aplaudía la prensa, y el país, inerte, dejaba hacer. Era, decíamos, que no interesaba su alma una lucha civil, una guerra contra la naturaleza y el clima, sin triunfos y sin derrotas.

Se descubre más tarde nuestro verdadero enemigo ; lanza un reto brutal; vamos a la guerra extranjera; se acumulan en pocos días, en breves horas, las excitaciones más vivas de la esperanza, de la ilusión, de la victoria, de las decepciones crueles. de los desencantos más amargos, y apenas si se intenta en las arterias del Suizo y de las Cuatro Calles una leve agitación por el gastado procedimiento de las antiguas recepciones y despedidas de andén de los tiempos heroicos del señor Romero Robledo.

Se hace la paz, la razón la aconseja, los hombres de sereno juicio no la discuten; pero ella significa nuestro vencimiento, la expulsión de nuestra bandera de las tierras que descubrimos y conquistamos; todos ven que alguna diligencia más en los caudillos, mayor previsión en los Gobiernos hubieran bastado para arrancar algún momento de gloria para nosotros, una fecha o una victoria en la que descansar de tan universal decadencia y posar los ojos y los de nuestros hijos con fe en nuestra raza : todos esperaban o temían algún estremecimiento de la conciencia popular; sólo se advierte una nube general de silenciosa tristeza que presta como un fondo gris al cuadro, pero sin alterar vida, ni costumbres, ni diversiones, ni sumisión al que, sin saber por qué ni para qué, le toque ocupar el Gobierno.

Es que el materialismo nos ha invadido, se dice : es que el egoísmo nos mata: que han pasado las ideas del deber, de la gloria, del honor nacional; que se han amortiguado las pasiones guerreras, que nadie piensa más que en su personal beneficio.

Profundo error ; ese conjunto de pasiones buenas y malas constituyen el alma de los pueblos, vivirán lo que viva el hombre, porque son expresión de su naturaleza esencial. Lo que hay es que cuando los pueblos se debilitan y mueren su pasiones. no es que se transforman y se modifican sus instintos, o sus ideas, o sus afecciones y maneras de sentir; es que se acaban por una causa más grave aún : por la extinción de la vida.

Así hemos visto que la propia pasividad que ha demostrado el país ante la guerra civil, ante la lucha con el extranjero, ante el vencimiento sin gloria, ante la incapacidad que esterilizaba los esfuerzos y desperdiciaba las ocasiones la ha acreditado para dejarse arrebatar sus hijos y perder sus tesoros; y amputaciones tan crueles como el pago en pesetas de las Cubas y del Exterior, se han sufrido sin una queja por las clases medias, siempre las más prontas y mejor habilitadas para la resistencia y el ruido.

En vano la prensa de gran circulación, alentada por los éxitos logrados en sucesos de menor monta, se ha esforzado en mover la opinión, llamando a la puerta de las pasiones populares, sin reparar en medios y con sobradas razones muchas veces en cuanto se refiere a errores, deficiencias e imprevisiones de gobernantes: todo ha sido inútil y con visible simpatía mira gran parte del país la censura previa, no porque entienda defiende el orden y la paz, sino porque le atenúa y suaviza el pasto espiritual que a diario le sirven los periódicos y los pone más en armonía con su indiferencia y flojedad de nervios. No hay exageración en esta pintura, ni pesimismo en deducir de ella, como en el clásico epigrama,

que una cosa tan bellaca
no puede parar en bien.


Que contemplen tal y tan notorio estrago los extraños con indiferencia, y que lo señalen y lo hagan constar los que pudieran ser herederos de nuestro patrimonio con delectación poco disimulada, se explica : pero los que tienen por oficio y ministerio la dirección del estado no cumplirán sus más elementales deberes si no acuden con apremio y con energía al remedio, procurando atajar el daño con el total cambio del régimen que ha traído a tal estado el espíritu público.

Hay que dejar la mentira y desposarse con la verdad; hay que abandonar las vanidades y sujetarse a la realidad, reconstituyendo todos los organismos de la vida nacional sobre los cimientos, modestos, pero firmes, que nuestros medios nos consienten, no sobre las formas huecas de un convencionalismo que, como a nadie engaña, a todos desalienta y burla.

No hay que fingir arsenales y astilleros donde sólo hay edificios y plantillas de personal que nada guardan y nada construyen: no hay que suponer escuadras que no maniobran ni disparan, ni citar como ejércitos las meras agregaciones de mozos sorteables ni empeñarse con conservar más de lo que podamos administrar sin ficciones desastrosas, ni prodigar recompensas para que se deduzcan de ellas heroísmos, y hay que levantar a toda costa, y sin pararse en amarguras y sacrificios y riesgos de parciales disgustos y rebeldías, el concepto moral de los gobiernos centrales, porque si esa dignificación no se logra, la descomposición del cuerpo nacional es segura.

El efecto inevitable del menosprecio de un país respecto de su Poder central es el mismo que en todos los cuerpos vivos produce la anemia y la decadencia de la fuerza cerebral : primero, la atonía, y después, la disgregación y la muerte.Las enfermedades´ dice el vulgo, que entran por arrobas y salen por adarmes, y esta popular expresión es harto más visible y clara en los males públicos.

La degeneración de nuestras facultades y potencias tutelares ha desbaratado nuestra dominación en América y tiene en grave disputa la del Extremo Oriente; pero aún es más grave que la misma corrupción y endeblez del avance de las extremidades a los organismos más nobles y preciosos del tronco, y ello vendrá sin remedio si no se reconstituye y dignifica la acción del Estado. Engañados grandemente vivirán los que crean que por no vocear los republicanos en las ciudades, ni alzarse los carlistas en la montaña, ni cuajar los intentos de tales o cuales jefes de los cuarteles, ni cuidarse el país de que la imprenta calle o las elecciones se mixtifiquen, o los Ayuntamientos exploten sin ruido las concejalías y los Gobernadores los juegos y los servicios, está asegurado el orden y es inconmovible el Trono, y nada hay que temer ya de los males interiores que a otras generaciones afligieron. Si pronto no se cambia radicalmente de rumbo, el riesgo es infinitamente mayor, por lo mismo que es más hondo´ y de remedio imposible, si se acude tarde ; el riesgo es el total quebranto de los vínculos nacionales y la condenación, por nosotros mismos, de nuestro destino como pueblo europeo y tras de la propia condenación, claro es que no se hará esperar quien en su provecho y en nuestro daño la ejecute.

Francisco Silvela. El tiempo, 16 de agosto de 1898

lunes, 22 de octubre de 2007

Textos de ayer para hoy. "En este país", de Mariano José de Larra.


Hay veces en que no hay que escribir nada, que todo parece ya dormir en los libros y que tan solo hay que despertarlos.

Aquí va un artículo que podría relacionarse con esa costumbre tan arraigada desde la transición de evitar el nombre de España y hablar de "este país".

En este país. Mariano José de Larra

Aparecido en La Revista Española, 30 de abril de 1833.

Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escena y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.

Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como sonido vago que son, perderse en la lontananza, conforme se apartan de la causa que las hizo nacer. Una frase, empero, sobrevive siempre entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir, cuanto que no es de la naturaleza de esas de que acabamos de hablar; éstas sirven en las revoluciones a lisonjear a los partidos y a humillar a los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto padrón de ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen; así la repiten los vencidos como los vencedores, los que no pueden como los que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.

En este país... Esta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido.

-¿Qué quiere usted? -decimos-, ¡en este país! Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: ¡Cosas de este país! que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos.

¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente atrasados. ¿Es la pereza de imaginación o de raciocinio, que nos impide investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una muletilla siempre a mano con que responderse a sus propios argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que cierto.

Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que, saliendo de las tinieblas, comienza a brillar a sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal, de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que a una joven bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía ni sus goces; su corazón, sin embargo, o la naturaleza, por mejor decir, le empieza a revelar una necesidad que pronto será urgente para ella, y cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien los desconoce todavía; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansía, sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del anterior en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante existencia.

Este es acaso nuestro estado, y éste, a nuestro entender, el origen de la fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar a poseerle, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos para dar a entender a los que nos oyeron que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos a otros, estando todos en el mismo caso.

Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso del que, teniendo apetito, desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza de un suntuoso convite incierto, que se verificará, o no se verificará, más tarde. Sustituyamos sabiamente a la esperanza de mañana el recuerdo de ayer, y veamos si tenemos razón en decir a propósito de todo: ¡Cosas de este País!

Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones pude comprender el carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país, fue no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontréle en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden de que hubo de avergonzarse al verme entrar.

-Este cuarto está hecho una leonera -me dijo-. ¿Qué quiere usted?, en este país... -y quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había encontrado.

Empeñóse en que había de almorzar con él, y no pude resistir a sus instancias: un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:

-Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo a nadie; hay que recurrir a los platos comunes y al chocolate.

-Vive Dios-dije yo para mí-, que cuando en este país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede almorzar un excelente beefsteak con todos los adherentes de un almuerzo à la fourchette; y que en París los que pagan ocho o diez reales por un appartement garni, o una mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos trufados ni con champagne.

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó a que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya a estudiar sobre aquella máquina como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llevóme, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.

-¡Cosas de España! -me salió diciendo, al referirme su desgracia.

-Ciertamente - le respondí, sonriéndome de su injusticia-, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces que él.

-¡Cosas de España! - me repitió.

-Sí, porque en otras partes colocan a los necios- dije yo para mí.

Llevóme en seguida a una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero respondió:

-Ni uno.

-¿Lo ve usted, Fígaro? - me dijo-: ¿Lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España nada se vende; vegetamos en la ignorancia. En París hubiera vendido diez ediciones.

-Ciertamente -le contesté yo-, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se mueran de hambre.

-Desengáñese usted: en este país no se lee -prosiguió diciendo.

-Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted, ¿qué lee? -le hubiera podido preguntar-. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.

-¿Lee usted los periódicos? -le pregunté, sin embargo.

-No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!

Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.

Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país, y clamaba:

-¡Qué basura! En este país no hay policía.

En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco.

-¡No hay limpieza en España! -exclamaba.

En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo:

-¡Ah! ¡País de ladrones! -vociferaba indignado. Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre:

-¡En este país no hay más que miseria! -exclamaba horripilado. Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Íbamos al teatro, y:

-¡Oh qué horror!- decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida- ¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café.

-No entremos. ¡Qué cafés los de este país!- gritaba.

Se hablaba de viajes:

-¡Oh! Dios me libre; ¡en España no se puede viajar! ¡Qué posadas! ¡Qué caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos, para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33, no vuelven los ojos a mirar atrás, o no preguntan a sus papás acerca del tiempo, que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en la Corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada; en que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían más posadas que las descritas por Moratín en El sí de las niñas, con las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo Pródigo, o las malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los chorizos y polacos repartían a naranjazos los premios al talento dramático, y llevaba el público al teatro la bota y la merienda para pasar a tragos la representación de las comedias de figurón y dramas de Comella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (o Mambruc, como dice el vulgo) cantado a la guitarra; en que no se leía más periódico que el Diario de Avisos, y en fin... en que...

Pero acabemos este artículo, demasiado largo para nuestro propósito: no vuelvan a mirar atrás porque habrían de poner un término a su maledicencia y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este país se ha verificado en tan breve espacio.

Concluyamos, sin embargo, de explicar nuestra idea claramente, mas que a los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.

Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca, si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles, sobre todo, que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.

[En el día es menos que nunca acreedor este país a nuestro desprecio. Hace años que el Gobierno, granjeándose la gratitud de sus súbditos, comunica a muchos ramos de prosperidad cierto impulso benéfico, que ha de completar por fin algún día la grande obra de nuestra regeneración.]

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra a este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡Cosas de España! contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.