sábado, 24 de septiembre de 2011

Rescatado del anaquel: "La guerra civil española. Catálogo". Varios autores


Bajo la batuta de Javier Tusell, en 1990, se celebró una exposición itinerante sobre La Guerra Civil Española.

Un catálogo recogió abundante y buenísimo material fotográfico y en él además se recogen varios textos excelentes, de ellos destacamos una entrevista a Nini Montian y ésta, que copiamos aquí, a Ernesto Giménez Caballero, GeCé.

Disfrutenla.

GIMENEZ CABALLERO: LA MISTICA DE LA ANTICULTURA

«La guerra supuso la vuelta a la mística de la anticultura porque precisamente la cultura es la que nos había precipitado a la barbarie de la lucha. Gracias a la vuelta a este mundo visceral y "fanático" y el abandono del mundo intelectual pudimos ganar la guerra.» Ernesto Giménez Caballero (Madrid 1899), encargado, entre otras cosas, de organizar en sus orígenes los servicios de propaganda del régimen del general Franco, ha mantenido desde siempre una especial interpretación de la cultura española. El escritor Keith Morfett, colaborador de «Sunday Times», dijo recientemente de él: «No tengo ninguna simpatía por sus ideas políticas, pero vale más hablar con él que leerse un capítulo de Hugh Thomas. Forma parte de la historia de España y de la guerra civil, un tema que todavía sigue interesando al público.» Hombre de gran amabilidad personal, autor de más de treinta libros, a Giménez Caballero,
«profeta e ideólogo del fascismo español», le gusta definirse sobre todo como «profeta» y «vidente». Hombre erudito, licenciado en Filosofía y Letras y en Derecho. Soldado en Marruecos entre 1921-1923; allí escribió su primer libro Notas marruecas de un soldado (1922). El período 1924-25 lo pasó en la Universidad de Estrasburgo como lector de español. En 1927 fundó y dirigió la «Gaceta Literaria», considerada como la revista de la Generación del 27. En 1929 fundó y dirigió también, de la mano de Luis Buñuel, el primer cineclub español. Alférez provisional durante la guerra, se le considera como el inspirado lírico de Falange española. Después de la guerra fue agregado cultural en Paraguay y Río de Janeiro. Más tarde fue durante catorce años embajador en La Asunción. Ahora vive en Madrid. Se dedica fundamentalmente a escribir libros y artículos.

— De las múltiples facetas que conforman su personalidad, ¿cuál es la que está más en el origen? —Sin duda la literaria. Comencé en 1922 con mi libro Notas marruecas de un soldado, que me abrió las puertas de la literatura, de la fama, pero también de la cárcel. Este libro, del que tiramos 500 ejemplares, fue compuesto por mi imprenta y pagado por mí. A los treinta días de publicarlo era famoso. El propio Unamuno, que recibió un ejemplar, me prometió con grandes elogios que se haría eco de él en «El Liberal», periódico en el que entonces escribía el autor vasco. Pero en este libro también había manifestaciones políticas. El final del libro en rigor era un manifiesto dirigido a todos los excombatientes de Marruecos a quienes exhortaba a que nos reuniéramos en un haz, en un fascio (entonces yo todavía no tenía ni idea de lo que significarían Hitler o Mussolini), porque de lo contrario no podría permanecer por más tiempo esta España de luto y vendría una guerra civil. Esta fue mi primera profecía, porque, como buen poeta, soy también profeta. Poco después hice el servicio militar en el Cuartel de la Montaña de Madrid, con Dámaso Alonso que era también compañero de carrera. Ambos éramos discípulos de Menéndez Pidal y de Américo Castro. Dámaso se dedicó más adelante a las cosas de la Academia y yo a las de la política y la guerra. En 1925 me casé con una chica italiana. Entonces yo escribía en «El Sol» y en «Revista de Occidente».
—¿Cómo se llevó a cabo el proyecto de «La Gaceta Literaria»? —En el mapa de las áreas intelectuales de nuestro continente faltaba una publicación del mismo rango, por ejemplo, que «Les Nouvelles Litteraires» en Francia, «La Fiera Litteraria» en Italia, «Die Literarische Welt», en Alemania o «Times Litterary Supplement» de Inglaterra. Ayudados por Ortega y Gasset, Guillermo de Torre y yo lanzamos esta revista el 1 de enero de 1927. Inmediatamente se constituyó en el órgano de los poetas y prosistas de la Generación del 27. Durante dos años los miembros de la Generación del 27 estuvimos unidos. Alberti y Ledesma Ramos se abrazaban entonces. A partir de 1928 comenzó claramente la politización y la huida hacia los bandos. Basta con seguir los números de «La Gaceta» de esta época para darse cuenta de lo que se avecinaba. «La Gaceta» fue el exponente de la cultura de aquel tiempo y de lo que iba a ocurrir del 36 al 30. «La Gaceta» se escribía en catalán, castellano y portugués, porque tenía una visión peninsular. Mantenía relaciones con intelectuales latinoamericanos (Borges y Guillermo de Torre) y correspondencia además con Rusia a través de Alvarez del Bayo. Luego ahí está todo el elenco de redactores y colaboradores tales como Ramón Gómez de la Serna, Pedro Sainz Rodríguez, Antonio Marichalar, José Bergamín, Fernández Alnnagro, Benjamín Jarnés, Baroja, Machado, Valle Inclán...
—Entre sus actividades culturales también figura su afición al cine, ¿qué hizo usted en este terreno?
— En 1929 fundé el primer cineclub español. Contábamos con la colaboración de Luis Buñuel, que era quien se encargaba además de informar sobre estos temas en «La Gaceta Literaria». Yo veía el cine como el gran sucesor del libro pára las masas. También rodé muchas películas, algunas de ellas todavía las conservo. Una de éstas, Esencia de verbena, todavía se proyecta hoy en alguna sesión especial. Recuerdo que nuestro cineclub proyectó en la última sesión El Acorazado Potemkin. Fue una sesión tumultuosa. Se rompieron butacas, se oyeron gritos y hasta tiros. Entre los alborotadores estaba Ramón Franco, comunista, hermano de Francisco Franco.
«La palabra cultura sonaba como algo trágico y hasta delincuente.»

—Usted había predicho el desastre ¿pero cómo llegó a frustrarse tan de golpe este florecimiento cultural? —En los años que precedieron a la guerra civil los jóvenes nos movíamos entre el comunismo y el fascismo. Coincidíamos en el horror a las democracias liberales que nos habían conducido a la pérdida de la unidad de España. Hubo momentos en los que yo era más comunista que Alberti y él más fascista que yo. A lo largo de este tiempo, durante la guerra y después de ella, la palabra cultura sonaba a mi sensibilidad como algo trágico y hasta delincuente. Aquella cultura en realidad supuso la crisis de la europeización de España, y en lugar de llevarnos a ser una potencia que superara la pérdida del imperio de América nos había lanzado a una guerra fratricida. El razonamiento, por tanto, era elemental: si la cultura ha servido para matarse entre hermanos, el grito que se imponía era: ¡muera la cultura! Un grito casi unamuniano y casi orteguiano. Ortega ha señalado bien los comienzos de la mística por la cultura a finales del siglo XV. Ortega comenzó a volver las espaldas al paroxismo cultural del siglo xx. Vio que la atención del hombre sobre sí mismo (la cultura) no era suficiente para salvarle. Es curioso que en estos tiempos se haya vuelto a hacer de la cultura, palabra que no se cae de los labios del medio oficial, el sustitutivo de Dios. En estos momentos de su máxima exhaltación en España los resultados son el terrorismo, las drogas, la pornografía y libertad sexual, la separación de regiones en autonomías hostilizantes, la intervención extranjera de Rusia y Estados Unidos, el peligro de perder las últimas posesiones en Africa y las Canarias, empobrecimiento de empresas e individuos, el paro y, en definitiva, el desdén internacional por nosotros. — A la vista de sus explicaciones, ¿qué sentido tenía la palabra y el hecho de la cultura durante la guerra civil española? —Yo volví, y creo que otros muchos, a la mística de la anticultura debido a que la cultura nos había precipitado a la barbarie de una guerra. Gracias a esta nueva actitud pudimos ganar la guerra. Gracias a la vuelta al mundo visceral y «fanático» y al abandono del mundo intelectual. Sin fanatismo (fanum = templo), sin el fenómeno religioso, es imposible una victoria. El imperio español, como todos los imperios, está montado por pueblos fanáticos. Los Estados Unidos, por ejemplo, tienen el fanatismo del antifanatismo a lo que llaman democracia y por eso son poderosos. — ¿Tuyo usted algunas misiones concretas durante la guerra civil relacionadas con actividades que no fueran directamente bélicas o estratégicas? —Junto con Millán Astray fundé la sección de Prensa y Propaganda del Movimiento en Salamanca, lo que sería el primer Ministerio de Prensa y Propaganda de Franco. No teníamos
medios, ni financieros ni materiales. Así que, para empezar, Millán Astray puso mil pesetas de su bolsillo. Yo puse otras mil, quinientas mías y otras quinientas de mi hermano. Como medios materiales contábamos únicamente con seis emisoras de radio procedentes de requisos y también utilizábamos «La Gaceta Regional» de Salamanca, que entonces dirigía Juan Aparicio. La radio no pudimos utilizarla como hubiéramos querido. Ni siquiera Franco pudo hablar cuando el 31 de diciembre de 1936 quiso transmitir un mensaje. Fallaron los enlaces y falló la emisión. Vistas así las cosas yo me marché al frente. Sé que desde Burgos Serrano Súñer también trabajaba sobre estos temas de propaganda con el grupo de Ridruejo. Una vez en el frente mi mejor propaganda era dar los partes de guerra. Estaba en el frente de Guadalajara. Hice un periódico editado en Soria titulado «Los Combatientes», que lo escribía yo solo. También escribía algunos folletos cuya edición la patrocinaba Serrano Súñer y que contaba con la participación entre otros de Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo y Gonzalo Torrente Ballester. En retaguardia había algunos actos culturales como conferencias y películas. Estas últimas eran de fabricación alemana o italiana.
«Franco ganó la guerra pero no superó el mito de la cultura»

—Una vez terminada la guerra, ¿cambiaron los planteamientos de promoción de creación de obras culturales? —Franco ganó la guerra pero no superó el mito de la cultura. En los orígenes del franquismo se fundó el Ministerio de Propaganda, más tarde de Información y Turismo. Por otra parte ei ministro Ibáñez Martín dio un impulso a la educación universitaria y el Instituto de Cultura Hispánica desarrolló una labor poderosa y apreciable. Lo seguía con el dolor de haber desaprovechado nuestra victoria para volver a realizar un imperio según la tradición romano-germánica (godos y casa de Austria bajo el signo del catolicismo). Como esto no se logró, aun sin creer en ello me he tenido que hacer a la fuerza demócrata y culturalista. Poco después de la guerra fundé con algunos alumnos míos de la Escuela de Periodismo, entre los que se encontraba Luis María Ansón, La Cripta de Don Quijote para inciar una especie de consenso. Desde 1948 recogíamos a todos los exiliados que salían de las cárceles (Buero Vallejo estaba entre éstos). —¿Guarda, por último, alguna relación la situación cultural actual con la de entonces? —El régimen de Franco también se entusiasmó por la cultura, lo que le hacía seguir con el desarrollo progresista de este país preparando de paso el advenimiento de la democracia actual. Cuando hubo un obstáculo a esta democracia como el de Carrero Blanco, se le suprimió. Suárez en estos momentos no hace sino desarrollar el programa de Franco. Se aspiraba a la concordia, a los pactos entre los dos bandos de la guerra civil. Estados Unidos y Rusia no perdonaron a los franquistas el ganar la guerra civil como tampoco perdonaron a sus protegidos el que la hubieran perdido. Ahora nosotros hemos tenido que llegar a parar a un consenso de desgraciados. La Iglesia católica ha estado también detrás de todo esto. Algo hay que hacer o de lo contrario esperaremos a que España se hunda y vuelva a oscurecer o que no se hunda y vuelva a amanecer. Existe la posiblidad de que las autonomías no sean el último 98 y el fin de España, sino que se logre una federalización, de otra manera que la que se dio con los Reyes Católicos, y por consiguiente una nueva unificación vital y con esperanzas de futuro. Entonces la palabra cultura quedará reducida a su exacta dimensión y volverá a resurgir la fe y la mística en el destino de España y del hombre.

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