
No voy a cometer la tremenda estupidez de presentar a
Luys Santamarina. Y ganas no me faltan, pues además de regalarme el color con el que pinto mi
corazón, el
azulmahon, le ha cedido su nombre a un hijo mio, ya que me gusta dar a mis hijos nombres que recuerden a gentes honradas y buenas.
Tampoco voy a hablar de
Juana de Arco, heroína, Santa, mujer ilustre, como decía la colección de
Seix Barral. No lo haré pues es de sobra conocida su vida.
Pero si hablaré de lo
gratificante, de las experiencias
maravillosas, que se viven al tomar entre las manos este ejemplar de 1951, y dejarse inundar por la magnífica prosa de
Luys, que, como nos acostumbró, nos lleva a la época de viaje pero sin perder la percepción de ser un espectador que lo ve todo. Lo ve, por supuesto, maravillado por el arte del narrador.
Un texto que no es difícil de conseguir todavía y que, ciertamente, resulta imprescindible en nuestros anaqueles.