martes, 27 de mayo de 2008

Firma invitada: "El pino volador", de Rafael García Serrano, por RCEC

No hacen falta palabras: disfruten de esta pequeña joya pulida como crítica, que nos regala el siempre afilado RCEC.
EL PINO VOLADOR
Rafael García Serrano.
Este es un libro que recopila relatos diversos, artículos periodísticos, narraciones breves, todo ello con un nexo común: la nunca desmentida vocación militar del alférez provisional Rafael García Serrano.
"A mí -dice el autor en alusión a los encargos de su redactor jefe de artículos conmemorativos de efemérides militares- me gusta tocar el tambor".
Yse explica, que para eso es de Infantería:
"Este libro es como un campejo de maniobras en las afueras de una capital de provincia. Despliegan las guerrillas, se hace orden cerrado, el pelotón de los torpes trata de encontrar el secreto de la armonía, fatiga un quinto el caballo que ha de montar la niña del coronel, una mujer vende bocadillos, unos chicos miran—deberían estar en clase de Geometría o en la de Historia, pero encuentran que aquí hay algo que participa de ambas ciencias—, otra mujer busca trabajo para cuando llegue la hora de paseo, un hombre vende tabaco y vino, gallean las cornetas, discuten los oficiales sobre la organización pentómica y otros sobre la maniobra de Yagüe al pasar el Ebro, llega el camión con la cantina y debajo de una bandadilla de árboles los tambores del regimiento ensayan tozudamente. Así es.
A mí, creo que ya lo dije, me gusta tocar el tambor."
Y lo toca como el tambor del Bruch, y como el timbalero de la plaza de toros, y como los tambores de La Legión, y como los de los Tercios viejos. Toca el tambor con el arte de quien puso en él la vida, y con tonalidades dignas del que maneja el stradivarius de los tambores.

por RCEC

Firma invitada: "Los ojos perdidos", de Rafael García Serrano, por RCEC


Traemos un par de regalos: dos crónicas de uno de los mayores expertos en la obra y figura de Rafael García Serrano, sobre dos de sus libros eternos.

No hace falta más comentario. Dejemos paso a RCEC

LOS OJOS PERDIDOS
Rafael García Serrano

El alférez Luis Valle llega a Gambo -la contrafigura de la mítica Pamplona de la guerra-, y el día nublado y hosco se le ilumina cuando -mientras curiosea un escaparate de efectos militares-, ve en el cristal el reflejo de una chica que pasa. (Quien no haya sentido alguna vez que el cielo azulea con el simple reflejo de una chica en un cristal, que arroje la primera luna).
A partir de ahí, Rafael García Serrano nos introduce en los más disparatados diálogos, llenos de humor y gracia y de un magistral dominio de la palabra, que van desgranando una historia de buen amor y de buen humor.
Para mi, "Los ojos perdidos" es la novela de Rafael García Serrano donde se alcanza la más alta cumbre de un lirismo arrebatadoramente normal, de todos los días, de andar por casa y de subir a los cielos de las almas limpias con su miajita de guasa.
Quien quiera llegar a saber las maravillas que un maestro del idioma puede hacer con la lengua española, tiene que leer "Los ojos perdidos".

domingo, 25 de mayo de 2008

Hemos leido: "El periodismo español en su historia", de Carlos Barrera (ed.)

Podemos estar más o menos de acuerdo con algunas ideas defendidas por el editor, pero la selección de textos que trae este pequeño volumen para ilustrar los cambios en el periodismo, resultan impagables: Larra, Bretón de los Herreros, José Castro, Gabriel Arias-Salgado (padre, claro), Ansón... Carlos Barrera con un tino quizá errado ofrece algunas perlas que deben ser rescatadas.

Así, en este El periodismo español en su historia, nos encontramos con algún texto como el "Cruzados", de Juan Pujol (1937) que, de ser descubierto por algún memócrata, hará que a toda urgencia le vayan retirando las calles que aun tiene dedicadas este magnífico periodista.

Conociendo a mis clásicos, me temo que terminaré arrepintiéndome de dar esta pista.

Rescatado del anaquel: "Si España cae...", de César Alonso de los Ríos


Puede que muchos descubrieran recientemente a César Alonso de los Ríos. Intelectual procedente de la izquierda más clásica y limpia, periodista con mando en plaza en numerosas publicaciones, hace ya algún tiempo que entono el orteguiano "no es eso, no es eso" y empezó a denunciar los errores que detectaba.

Este libo, publicado hace unos quince años, es piedra angular en su obra. Si España cae... retrata una situación hoy aun más agravada que entonces, pero igualmente válida en cuanto a síntomas y remedios.

El afán nacionalista denunciado, su carrera imparable e insaciable, la pérdida del sentido laico y republicano de nación, lleva a la tragedia si, como bien dice el autor, no se pone fin a la escalada nacionalista con un pacto de estado.

Hay de todos un capítulo que no nos resistimos a recomendar en lo particular. Se trata del tercero, titulado "De cómo Franco cegó a la izquierda". Leanlo y serán capaces de sumar 2 y 2 en la nueva matemática nacionalista. Sin duda alguna.

Hemos leido: "El Madrid de José Antonio", de Tomás Borrás


Un texto que no puede faltar en las bibliotecas de los interesados en conocer, bien los turbulentos tiempos de la república, bien la historia de Madrid.

Texto posteriormente plagiado, manipulado, amputado, ampliado o, simplemente tergiversado, tanto por autores amigos como enemigos, se había convertido en una rara avis, imposible de cazar. Algo extraño, tratandose de un texto (una conferencia en realidad) del magnífico Tomás Borrás, pero que SOS libros ha solucionado preparando una edición muy económica del mismo.

Si no conocen El Madrid de José Antonio más que por referencias o, directamente lo desconocen, no hay duda: en su biblioteca hay un agujero, hay un hueco sin cubrir en sus anaqueles, algo que deben solucionar inmediatamente y leyendo este pequeño cuadernillo, grande en historia.

Originalmente impreso en 1953, ha tenido que pasar más de medio siglo para que, a modo de buena nueva, llegue de nuevo a nosotros. No lo dejen pasar. Medio siglo más, es demasiado tiempo.

Hemos leido: "Auge y ocaso de El Frente de Juventudes", de Antonio Alcoba

Bravo. Un texto sincero, escrito desde el amor y no desde el resentimiento. Con juicios de valor asumibles u objetivables, pero siempre dejando claro lo que es historia y lo que es opinión.

El autor, Antonio Alcoba, demuestra no solo un gran conocimiento sobre lo que escribe y un impagable dominio de las fuentes históricas, sino que además, nos regala un texto fenomenalmente escrito que se lee solo.

Y ojalá estas facilidades que nos da Auge y ocaso de El Frente de Juventudes se vean recompensadas con una lectura masiva. Que se entienda lo que fue (y lo que no fue) esto, más allá de visiones falangistas, franquistas o mediopensionistas que se puedan dar, de la vituperación que hacen de él algunos antiguos miembros, ora por hacerse perdonar su pasado, ora por algún desequilibrio psíquico no tratado.

Tras la destrucción del patrimonio documental del Frente de Juventudes, solo nos quedaba esperar libros rigurosos para preservar su historia. Estamos ante uno de los más importantes. Leanlo, difundanlo, comprenlo, comprendanlo y regalenlo.

Ahorre tiempo, no lea "Las verdades ocultas de la guerra civil", de Francisco Olaya Morales

Se presenta este libro como un estudio crítico e imparcial. Y lo hacen sin despeinarse, tratándose en realidad Las verdades ocultas de la guerra civil de un texto maniqueo y que sabe muy bien ocultar algunas verdades y mostrar otras para darle a la verdad genuina, la auténtica y resplandeciente, la vuelta como un calcetín y alumbrar una nueva historia.

Y es que el currículum del autor, Francisco Olaya Morales, no deja lugar a la duda: miliciano de la cultura de un batallón de la CNT, secretario de cultura en 1960 del secretariado internacional de la CNT, director de periódicos anarquistas y activista en México y Yugoeslavia. Tiene el color de un pato, grazna como un pato y come como un pato ¿será un pato?.

Esto no es más que uno de los antecedentes de esa patética "kultura" (con k) que nos rodea, llenando de grafitis y "Aes" anarquistas emborronadas las mejores de nuestras paredes.

Un buen texto... para olvidarlo.

Ahorre tiempo, no lea: "Valencia 1931-1939. Guía urbana. La ciudad en la 2ª República", de Lucila Aragó y otros


Este podría ser un libro perfecto para la nostalgia. Ideal para recorrer la ciudad, armado con él, para localizar los vestigios que quedan en pie de la república y la guerra civil.

El trabajo de Lucila Aragó y los otros autores podría haber sido redondo. Una imagen especular del pasado.

Pero...

Como siempre la tendenciosidad ha destacado más que los aciertos. Valencia 1931-1939. Guía urbana. La ciudad en la 2ª República, entre sus cuidadas fotos, su DVD y la reproducción de una guía urbana de 1937 esconde ausencias destacadas y presencias no deseadas.

Ausente, todo aquello que suene a no izquierdista, marxista y, como extremo, levemente se trae a colación a la CEDA. Olvidemosnos de saber, gracias a este libro, en que lugares estuvieron las primeras sedes de Falange, por ejemplo.

Y como presencia extraña, la forma en que se traen a colación las malditas chekas. Que no deben faltar (aunque se traen de manera parcial, sesgada y breve en exceso), son historia y justo ahora se hace imprescindible su recuerdo... pero no de la manera vil y cobarde en que se hace.

Reproducimos textualmente, pg. 258:

No obstante, ante la presencia de una "Quinta Columna" hostil, que provocaba sabotajes y pasa información al enemigo, se habilitan lugares de detención y chekas.
Íbamos a terminar esta entrada con un "Sin comentarios". Pero no. Hay un comentario insoslayable.

Así ¿era preciso habilitar esos lugares para masacrar a, por ejemplo, niños?. Ante esto, solo cabe decir una palabra. Una palabra que se inventaron los detenidos en las chekas para hablar de sus torturadores, ante la falta de un vocablo lo suficientemente duro en la lengua diaria para aplicárselo. De la mezcla de hijo de puta, cabrón y maricón, salió el hipucama. Y ustedes disculpen.

Hemos leido: "Franco. Una historia alternativa", de Julián Díez (comp).


Reconozco que este contra este libro tenía algún prejuicio. Tenía a Franco. Una historia alternativa en el anaquel y lo dejaba para un momento de resignación, de esos en que uno se ve capaz de digerir sapos y culebras. No conocía ni al compilador, Julián Diez, ni a sus autores... pero me temía lo peor.

Pues bien, lo tomé hace unos días. Está compuesto de historias breves, de historia-ficción, donde partiendo de distintos supuestos (una España donde el idioma dominante es el Catalán y en Castilla hay un nacionalismo exacervado, que intenta derrumbar a "Espanya" tras la muerte del dictador; una guerra civil que acaba de forma distina por la invención de la bomba atómica por parte de un científico de la república amigo de Einstein...) se construyen historias diversas. Bodrios en muchos casos, plagados, en su parte de historia correcta, de incorrecciones.

Pero...

¡Ah!

Llego a un cuento que se llama "Arquitectura Fascista". La trama parte de la idea de que el alzamiento del 18 de Julio no desemboca en guerra civil, sino que el gobierno asume unas cuantas reformas que calman a los alzados. Calvo Sotelo no se fía esa noche de la guardia de asalto y salva su vida. Y José Antonio no es fusilado.

La historia parte cuando un chaval, nieto de un camisa vieja, va con pocas ganas a acompañar por las mañanas a un viejo José Antonio, en su silla de ruedas, y este le cuenta una parte de su vida: de como la Falange instauró un estado nacionalsindicalista en el Congo, tras la salida de los belgas de allí.

Al principio mis prevenciones eran máximas. Pillé un par de comentarios a traspiés y me contrariaron. Pero poco a poco... yo no se si el autor es un estudioso de la falange, pero sabe lo que esta significa. Se devora rápidamente la emoción de José Antonio al ver mezcladas en sus camisas azules a chavales de la península y a nativos congoleños, su ansia de traer la justicia, de no entrar como un conquistador europeo, a sangre y fuego y a explotar, sino a ayudar, a llevar la buena nueva de Cristo a esas tierras. A hacer progresar al Congo.

Una curiosidad más que interesante, que vale por si sola para recomendar todo el volumen.

Hemos leido: "Seis barbas de besugo y otros caprichos", de Ramón Gómez de la Serna

A todos los ramonianos (seguidores del autor de esta magnífica obra, Ramón Gómez de la Serna), ver una obra suya en el mercado, nos parece siempre una noticia formidable.

Si además es, como le ocurre a este Seis barbas de besugo y otros caprichos, un libro con una cuidada edición, y un texto maravilloso para acercar a Ramón a toda la familia, del pequeño al grande, la felicitación al editor de Media Vaca, a todas luces un ramoniano de pro (editan un par de libros al año, y ya llevan dos de Ramón), se impone.

Por sacar una pega, y que esto no quede en una simple lisonja, cabría hablar del exceso de ilustraciones, algunas de ellas traídas a contrapelo con el texto, que no despistan, pero si hacen más breve el disfrute al robar espacio en el caro papel a lo que los lectores estamos ansiosos de encontrar: los textos de Ramón. Eternos, inagotables a la hora de proporcionar goce y, si se me permiten, necesarios en todo aquel que quiera relajar su espíritu después de la dura batalla diaria.

sábado, 24 de mayo de 2008

Hemos leido:"Los mitos de la represión en la guerra civil", de Ángel David Martin Rubio


Que difícil resulta en ocasiones hablar del libro de un amigo. Y el Pater Ángel David Martin Rubio es más que eso.

Pero en este caso, no hay dificultad ninguna. El consejo que se impone tras la lectura de Los mitos de la represión en la guerra civil es, sin duda ni ambajes, único: hay que leerlo.

Hay que leerlo porque pone negro sobre blanco muchas de las cosas que, si bien intuíamos en algún caso y sabíamos en otro, son negadas o sepultadas en el más duro de los silencios por la manipuladora sociedad que nos rodea. Hay que divulgarlo para romper con el síndrome de Casandra: el sabernos con la verdad y que nadie nos haga el más mínimo caso.

Este libro es, sin dudas, un picahielos estupendo para acabar con ese muro frio que nos rodea y hace olvidar la historia. La historia de verdad, la única que ocurrió, y no la que nos mienten.

Rescatado del anaquel: "La cara humana de un caudillo", de Rogelio Baon


Este si que es un libro digno de ser rescatado. Por dos razones fundamentalmente:

La primera, porque encontrar textos que, como La cara humana de un caudillo, no demonicen a Franco, no alanceen al moro muerto, como suele ser norma de estos valientes memócratas, es francamente raro últimamente, y disculpen la redundancia.

Y la segunda, porque a su autor, Rogelio Baon, recientemente fallecido (q.e.p.d.), diputado del PP y, agarrense, director de la cátedra "Memoria de la transición", de la Universidad Europea de Madrid (no se aclara si se trataba de la transición de un coche oficial a otro coche oficial, lamentamos no poder aportar el dato), quizá no le encajara en su nuevo perfil demoniocrático esa apología de alguien condenado por su grupo parlamentario, en aras de ungirse como políticamente correctos.

Lo malo, como siempre, es conseguirlo. Pero si tienen oportunidad... ¡no se lo pierdan!

lunes, 19 de mayo de 2008

El Mimeógrafo de NR vuelve con más letras.


Nos llega la buene nueva de la aparición, esperada como el agua en mayo, de la segunda entrega de escritos sobre Ramiro Ledesma Ramos.


En ella aparecen colaboraciones de Erik Norling, Emiliano Aguado, Francisco Guillén Salaya, Juan Aparicio,Manuel Souto Vilas, Santiago Montero Díaz, Antonio Tovar, José L. Ontiveros,Jean Mabire y Rafael Ibáñez.


Impresa en Barcelona, 200821x15 cms., 159 págs. Cubierta a todo color, con solapas y plastificada brillo. Su precio es de 15 euros.


Y además…Nueva República ha renovado su siempre interesante sección de libros de ocasión y en distribución con la inclusión de más de 90 títulos nuevos.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Especial 2 de Mayo. "Proclamas del 2 de mayo", emitido por Radio Intercontinental


Dentro de esta semana especial (¡y tanto!) para España, en la que se cumple el bicentenario de una fecha gloriosa, traemos un fragmento de audio sencillamente delicioso.

En él, se pueden escuchar fragmentos de distintas proclamas, leídos de la revista Disidencias, con la participación de Eduardo García Serrano, Juan Antonio Aguilar, Alberto Pascual y Carlos Martínez Cav, procedente del programa La Quinta Columna, de Radio Intercontinental.

No hay, sencillamente, que perderselo.

boomp3.com

lunes, 5 de mayo de 2008

Especial 2 de Mayo. "De Pedro a Pedro", de Rafael García Serrano.


Durante esta semana dedicaremos especial atención al bicentenario del Alzamiento Nacional del 2 de Mayo. Libros, documentos sonoros o textos nos acompañarán monográficamente para celebrar no el nacimiento de España, que es algo mucho más antiguo, sino el mejor ejemplo de como el pueblo, por podridas que estén las estructuras (monarquía, ejército, clases dirigentes) se basta y sobra para defender las verdades eternas.

Y para empezar, nada mejor que un texto de un maestro.

Les dejamos con Rafael García Serrano, y este breve incluido en su El pino volador.

De Pedro a Pedro
Rafael García Serrano


(La casualidad me ha favorecido por esta vez. No hay mala intención en mi relato; pero no puedo impedir que la haya en la casualidad; esto es superior a mis fuerzas. Cualquiera alcanza a explicarse bien hasta qué punto es tentador enlazar dos acontecimientos que apenas tienen nada común entre sí: un idioma, unos muertos, una política... Poca cosa para un escritor perfectamente puro.
Escribí el relato sobre el 2 de mayo de 1808 basándome en unos viejos papeles, amarillos, mordidos de ratón, que un amigo guarda en su biblioteca. Son las notas de un tal Pedro Sánchez, que vivió de punta a rabo la bella faena y que allá en sus años de vejez se entretuvo en recordar aquel episodio de una manera concreta, desenfadada, hasta rabiosa, pero desordenada y totalmente impublicable. Me he permitido arreglar sus notas para trasladarlas al público.
La segunda parte de mi relativo trabajo se limita a transcribir puntualmente las Memorias últimas de mi camarada Pedro Sánchez, fusilado en noviembre o diciembre de 1936. Ni se sabe la fecha ni se sabe el lugar donde descansa.
Comprendo que nada tiene que ver el Pedro Sánchez de 1808 con el Pedro Sánchez de 1936. Es decir, quizá sean parientes. Tampoco guardan relación unas matanzas con otras. Si acaso, una ligera relación de estilo. En cuanto a Francia, por Dios...
Todo es pura coincidencia, por supuesto.)



PEDRO SÁNCHEZ, 1808

El domingo no perdí el tiempo. Iban y venían rumores; el día estaba calmoso y las tertulias alteradas. Fui de un lado a otro pastoreando los chismes rezagados. Me divertí oyendo disparates y me acosté temprano. Pero el día en que realmente no perdí el tiempo fue el lunes, y eso que yo, no sé por qué, probablemente por mi vocación decidida a no hacer nada, había determinado dedicar la hermosa mañana de mayo a dar un paseo, recreándome en el aire fino y pensando en mis cosas.
Siempre me ha molestado la multitud y en la plaza de la Armería abundaba esa molestia. Por casualidad iban a acertar mis contertulios. La tarde anterior me habían dicho que la policía del Gran Duque de Berg señalaba una extraña afluencia de aldeanos hacia la Corte; como los rumores eran para todos los gustos, no hice ni pizca de caso. Y ahora la confidencia resultaba una espléndida realidad, porque en la Armería sobre todo, y en la calle Nueva, se esparcía la sorda ira de las gentes que especulaban sobre la marcha de los Infantes en corrillos silenciosos, en corrillos aislados, en franca gritería, en palideces temblorosas de esas que preceden casi siempre a la violencia. Y esas gentes excitadas que estropeaban mi paseo tranquilo eran chulos y chisperos, majas y damas.
(En un balcón estaba doña Martita, a quien saludé galante. Doña Martita era una linda flor y yo la sobrevolaba como un abejorro.)
Había currutacos, y no era yo el menos emperifollado de todos. Juntos, nobles y campesinos, el grave empaque y el gesto sobrio, aunque abundaba la retórica digital y desdeñosa cada vez que alguien se refería a los franceses. Nobles, campesinos, artesanos, funcionarios, sacerdotes: juntos unos y otros. Volví la vista hacia el balcón de doña Martita y la vi mirando fijamente hacia la puerta de Palacio, grandes los ojos, desencajados; sus lindas manos queriendo parecerse a garras, de tal modo apretaban el hierro de la barandilla. (Dios mío, qué ojos y qué manos los ojos y las manos de doña Martita.) Entonces, con su grito, se alzó un alarido fantástico, increíble. Parece ser que en aquel momento un grupo de rompe y rasga se lanzó a cortar las correas del coche de los Infantes, casi a la vez que el señor Legrange, ayudante de campo de Murat, trataba de llegar a Palacio para saludar a la reina de Etruria. Legrange era un jefe de escuadrón a quien me presentó el capitán don Pedro Velarde, muy traído y llevado por los franceses, que querían a toda costa ganarse sus simpatías.
Al paso de Legrange hirvió la pita; pero él ya estaba acostumbrado a oírlas desde el día en que hizo su entrada en Madrid el rey Fernando, a quien Dios nos guardó más de la cuenta seguramente porque nos lo merecíamos. De no sé dónde salió una pequeña patrulla francesa que arregló la cuestión. Al retirarse llevaban en la mochila destinada al bastón de mariscal un muestrario de insolencias. Verdaderamente, nuestro pueblo es rico en modos despectivos. Los franceses habían sabido de la hospitalidad y el abrazo. En aquel instante supieron del corte de mangas y de las redondas palabras injuriosas. Pronto iban a saber otra cosa. Pero juro que yo no me suponía -ni de lejos- lo que se avecinaba. La sangre, por una vez, llegaba al río.
Mi primer desfallecimiento lo tuve al comprobar que doña Martita se había retirado del balcón. Segundos después me notaba melancólico, triste, como si la mañana de mayo, imprevistamente, se hubiese aguachinado. (Era yo muy sensible a la presencia de doña Martita, ay...) Vocearon cerca de mí anunciando la artillería casi como quien grita: «¡Agua va!» Pero la artillería me importaba poco, entregado al recuerdo de unos ojos claros, de la tez pálida, de la iracunda manita.
-Largo, largo, que vienen...
Al tiempo me empujaron contra un portal. Vi correr hacia la calle Nueva y corrí en esa dirección, sin que pueda decir, a tanta distancia del hecho, si me impulsó la curiosidad, el valor o la multitud. Sentí el mugido poderoso de los cañones, el estruendo de los caballos, la voz apasionada, herida, terrible, del pueblo. Los franceses habían acometido alegremente el ametrallamiento de los madrileños. El bello Murat se metía en juerga.
-Armas, armas, armas...
Se esparcía el grito, se multiplicaba, subía hasta el mismo cielo, y mientras unos cargaban contra los cañones a cuerpo limpio, con el valor ciego de los desesperados, una floración de navajas, hoces, pistolas, trabucos, garrotes, barras de hierro, hachas, cuchillos de cocina, fusiles milagrosos, almireces, badilas, morillos, atizadores, cachorrillos, aparecían en las manos del gentío. Los tacos y retacos furibundos, las erres coléricas de los juramentos, el clamor espantoso que sonaba tan cerca, todo inundaba la calle y anegaba el alma en una especie de fría resolución que, por contraste, se mostraba cálida en el ademán y en la palabra. Camino de la Puerta del Sol, como una misteriosa guerrilla, nos precedía la gran llama de la sublevación, la cólera del alzamiento; todos estaban enterados de lo ocurrido y todos esgrimían en las manos el argumento que habrían de utilizar contra los franceses.
Por una bocacalle desembocaron frenéticos tres de a caballo, algo alterado el lujo de los uniformes, en alto los pesados sables, con el relumbrón de sus pulidas corazas por delante. Cargaron de frente, alucinados por la aparente debilidad de nuestro grupo. Oí bien clara la sorna heroica de las navajas abriéndose con la pausa forzada del punteo. Confieso que aquello me sonaba a pura chunga, a burla descarada, a mofa y escarnio del mundo entero. He aquí que los que se habían paseado por toda Europa, los que conocieron el triunfo bajo el sol de las Pirámides, los que se batieron en Marengo y Lodi, los centauros espléndidos de Jena, tenían que poner todo su empeño, toda su gloria militar, frente a media docena de navajas cabriteras ceñidas con guapeza; frente a media docena de navajillas que se reían del lucero del alba, de las águilas imperiales, del rayo del siglo y del padre del rayo del siglo. Todo les daba igual. A los de a caballo les habían contemplado cuarenta siglos asomados al valle del Nilo, las tierras verdes de Italia, los bosques austríacos, el pasmo mortal de los regimientos rusos ahogados en los pantanos de Austerlitz, las llanuras polacas. Y ahora les contemplaban seis menudas puntas de navaja. Los de a caballo habían escuchado la voz jupiterina de Napoleón. Los de las navajas nada más que el murmullo de la hoja y la voz de las cachas, que decían: «Si esta víbora te pica no hay remedio en la botica» y «Viva mi dueño». Las seis menudas puntas de navaja ni por pienso pensaban en retroceder ante los victoriosos jinetes de Eylau. Ninguno de los seis hombres -bueno, cuatro hombres y dos chavales- había leído jamás el 58 Boletín del Gran Ejército: Cette manoeuvre audacieuse s'il en fut jamais... cette charge brillante et inouie. Posiblemente, ninguno de los seis sabía leer, pero los seis tenían el corazón en su sitio, los riñones a punto y el pulso firme, aguantando en la muñeca, nada más que en la recia muñeca, «la audaz maniobra, la carga brillante e inusitada» que los tres coraceros daban en la calle Mayor de Madrid a la mayor gloria de Francia y de su Emperador.
Bajo la tromba de los caballos se abrió con la gracia de un capote el frente de las navajas. Aquello era, sencillamente, quebrar caballos, soportar el espanto de la arremetida y colarse bonitamente bajo sus patas para rasgar las barrigas con limpieza. Uno de los caballos huía enloquecido arrastrando a su jinete colgado del estribo izquierdo. Los dos coraceros restantes lucharon bravamente contra el cielo y la tierra. Desde los balcones y las ventanas caían sobre ellos los más disparatados proyectiles. La pesa de un reloj derribó al valiente que aguantaba la acometida de los mosquitos albaceteños. Joaquín Murat ignoraba que esa pesa de reloj, además de matarle un soldado, daba la hora del rebato, el signo esperado por los que creían invencible a su señor: la hora primera de la derrota imperial.
El último coracero hizo un esfuerzo sobrehumano. Hendió el cerco desesperadamente y se encontró frente a mí. Tras de mí, la calle libre, la posible escapatoria y la falta absoluta de tiempo para cubrirme. Cerré los ojos a lo inevitable y el estampido de un trabucazo me obligó a abrirlos. El coracero se derrumbaba blasfemando. Junto a mi oreja humeaba la tétrica boca que soltó la píldora. Había disparado un joven de rostro agradable que tenía en los ojos un cierto aire entre el asombro y la preocupación. Le tendí mi mano.
-Gracias, amigo. Me llamo Pedro Sánchez.
-Yo, Gabriel Araceli, señor.
-Adelante, adelante -gritaban los de las navajas- ¡aquí ya no hay asunto!
-¡Armas, armas, armas!
Decidimos encaminarnos al Parque de Monteleón. Seguramente que allí dotarían nuestro coraje. Las calles vibraban de ira y de orgullo y comenzaba a sentirse un gran calor. Madrid era una enorme olla hirviente, un barril de pólvora. Llegamos al Parque en un extraño alboroto de disparos. Pero ya Madrid iba apagar caro su desafío. Antes de anochecer necesitaba Murat aplacar su hígado de posadero, necesitaba escribir al amo dándole cuenta de su dureza; a su compadre Bessiéres, diciéndole: «Hemos dado una memorable lección a la canalla de Madrid.» (Después, el Monitor dirá que han muerto dos mil españoles por doscientos cincuenta y cuatro franceses.) Y Madrid esperaba, con la gallarda decisión de jugarse el tipo.
El Parque, mientras nosotros estuvimos entre la Armería y la Puerta del Sol, había soportado un asalto. Saludé a don Pedro Velarde, que ni me conoció, atareado en disponer las piezas. Otro capitán bullía mucho junto a él. Daba instrucciones al paisanaje un teniente de Voluntarios de Madrid, llamado Ruiz. El capitán desconocido era don Luis Daoiz. Las piezas batían la calle de San Pedro, la de San José y la de San Miguel. Defendíamos al primer vicario de Cristo, al padre de Cristo y al jefe de las milicias de Dios. Defendíamos el cielo; luego el cielo nos defendería. Llegaban a reforzar la leve guarnición del Parque los hombres y las mujeres que venían huyendo de las cimitarras segadoras. Los mamelucos comenzaban a trabajar a gusto y el poderío francés estrechaba el cerco. Le tocó el turno a la infantería.
Cargaron los granaderos con el delirante frenesí que sólo Napoleón en persona hubiera podido infundirles. Sentían como una humillación aquella increíble resistencia de un puñado de artilleros, de un grupo de paisanos, de unas cuantas mujeres sublimes. Olía la sangre y la pólvora requemaba las intenciones. Al grito de ¡viva el Emperador!, con la frialdad de quien evoluciona en un campo de maniobra, corrían hacia nosotros los infantes de Francia. Yo recordaba haberlos encontrado en otras partes. En Pavía, por ejemplo. Allí se aprisionó un rey, y ellos, ahora, le ponían cebo al nuestro y lo encerraban en Bayona con argucias de ratero, aprovechando la torpe mentalidad del padre y del hijo. Atizando las discordias de una familia más bien divertida. Creo que no pensaba en esto en el momento de ser herido. Pero lo pienso ahora y entonces lo sentía, que es mejor. Solté el fusil, me estrujé la pierna dolorida y una mujer me arrastró al interior. La batalla se quedaba fuera, en el aire. Todavía saludé a un petimetre, a la última de París, cargándose a los propagadores de su figurín con una puntería endiablada, que Dios se la bendiga.
Yo no vi la entrada de los franceses en el Parque. No oí su estúpida insolencia frente a la serena majestad de Daoiz. No presencié su asalto poco limpio ni vi caer a los defensores. Cuando me enteré de su suerte me encontraba escondido en una casa en las traseras del Parque. A lo lejos tronaban nerviosas y continuas descargas. Me rodeaban unos cuantos hombres de semblante entristecido.
-¿Qué? -pregunté.
-Fusilan en el Prado y en la Moncloa. Fusilan sin cesar. Fusilan mujeres y críos. No se cansan. Mañana sentirán vergüenza, pero hoy matan, hoy asesinan.
-Bien, señores -opinó un viejo de voz madura-; mi hijo está entre los detenidos. Lo matarán, pero España no soporta los abusos ni las humillaciones. España les ha declarado la guerra.
-La guerra -dije, recordando mi mañana en la Armería-, la guerra se la ha declarado doña Martita.
-Delira -dijo el viejo.
Y me pusieron paños fríos en la frente.



PEDRO SÁNCHEZ, 1936

Recuerdo las lecturas de mi infancia. Elijo el gesto de los náufragos cuando encerraban en una botella su mensaje y lo echaban al mar, a la esperanza; mi mensaje no tiene esperanza ni mar. Pero pido a Dios que llegue a manos amigas. Estoy harto de huir. Ni un paso más. Tengo la resignación de la pieza casi cobrada. Tras de mi rastro vienen buenos podencos olfateando mi sangre. Ahora me encontrarán. No tengo salida ni ganas de buscarla; la fatiga me cae sobre los hombros y sobre el corazón como un mundo inmenso que se derrumba. Ayer estuve en la calle. Vi desfilar los siniestros refuerzos que ayudarán a sostener Madrid. Europa vacía sus presidios y los productos de sus burdeles y los concentra en París. París nos los regala. Antes las invasiones francesas traían la alegría del héroe. Ni un Roldan ni un Murat entre toda esta turba repugnante que anega la ciudad. Mi francés de Bachillerato -un francés fabuloso e ingenuo- me ha servido para identificar la nacionalidad de la mayoría de los invasores. Las lecciones que me dio Juan cuando volvió del curso de Grenoble, me han permitido clasificarlos entre los delicados poseedores de las mejores blasfemias. Buena gente. Y esta gente me va a matar. Están registrando casa por casa la manzana entera. Pronto llegarán aquí. No sé si veré otra vez la calle o me tumbarán aquí mismo, en mi refugio. Me importa poco ver el cielo triste de Madrid. Los espero. Adiós, madre.